
Según una controvertida tesis de Henryk Kozlowski, Dios se suicidó ahorcándose con el itífalo que llevaba colgado del cuello. Henryk, además de ser uno de los más renombrados fabricantes de falos colgantes de su época, fue un estudioso evolucionista exmonoteísta zoroastrista que terminó siendo excomulgado en 1943 por el papa Pío XII, para deleite del Colegio Cardenalicio. No obstante, Henryk Kozlowski, además de joyero y filósofo también fue un superhéroe de la resistencia polaca durante la segunda guerra mundial y un conocido agitador de cócteles durante la posguerra.
Sin embargo, fuera de los círculos artísticos y revolucionarios polacos siempre fue un completo desconocido. Por esa razón, y aprovechándome de que su principal biógrafo, Maksym Grzeskowiak, estaba en España tratándose de unas purgaciones en uno de los más prestigiosos hospitales benimacletenses, decidí armarme de valor y pedirle que aceptara una pequeña interviú. Por supuesto Maskym aceptó y dos semanas más tarde me reuní con él en el Sheraton Cabanyal.
AA: En primer lugar me gustaría darle las gracias en nombre de los lectores de la Revista AA (aprisco atiborrado) y en el mío propio por su inmensa amabilidad a la hora de aceptar esta entrevista. Me gustaría saber cómo conoció la figura de Henryk Kozlowski.
MG: Sucedió un día de mayo de 1965. En realidad recuerdo la fecha porque ese día mi abuelo Bartosz cumplía 87 años. Estábamos reunidos a la mesa yo, mi abuela Halina, mi madre Bronia, mi padre Dariusz, mis tres hermanos, Adalbert, Jadwiga y Dobrogost y mi perro Bóg. Bueno, mi perro Bóg no estaba sentado sino tumbado en el suelo. En un momento dado, no recuerdo por qué razón, mi abuela Halina se cagó en un tal Kozlowski, siendo brutalmente increpada por mi abuelo Bartosz y mi perro Bóg. En realidad Bóg siempre secundaba a Bartosz con uno o dos ladridos. Ese día fue el primero que escuché ese nombre.
AA: ¿Pero no fue el último, no?
MG: Efectivamente. Unos meses más tarde, mientras mi abuela Halina enceraba el sombrero tradicional montañés de mi abuelo Bartosz volvió a maldecir el nombre de Henryk Kozlowski. Supongo que estaba un poco borracha tras haberse bebido nueve vasos repletos de nalewka. Por supuesto, tanto mi abuelo como mi perro gritaron y ladraron y mi abuela terminó castigada en el tejado. Como yo también me había bebido varios vasos de nalewka me sentí reforzado y le pregunté al abuelo quién diantres era ese Henryk Kozlowski que tanto desagradaba a la abuela. Y Bartosz me lo contó todo mientras Bóg asentía con cada una de sus afirmaciones.
AA: ¿Y a partir de ese día…?
MG: ¡A partir de ese día consagré mi existencia a averiguar todo lo que pudiese sobre Henryk Kozlowski!
AA: ¿Cuándo y dónde nació Kozlowski?
MG: Sabemos que nació el 14 de enero de 1890 en Częstochowa y que murió el 24 de octubre de 1958 en Olsztyn. Sabemos que durante su infancia fue un muchacho muy introvertido y algo afeminado. También sabemos que a los nueve años compuso un poema titulado Cremitas y afeites. ¡Y poco más!
AA: Me gustaría saber por qué razón… (En ese instante suena su teléfono móvil).
MG: Perdone un instante me llaman por teléfono…
AA: Por supuesto. (Durante 55 minutos Maksym mantiene una conversación bastante crispada interrumpiéndola de una manera agresiva y lanzando el aparato contra una pared).
MG: ¡Lo siento! ¡Me tengo que marchar! ¡Mi análisis ha dado positivo! Espero que tenga suficiente entrevista para su revista. ¡Adiós! Recuerde, ¡Cremitas y afeites!, con efe.
Así terminó nuestro encuentro… Y repitiendo una de las frases de Maksym Grzeskowiak en la mini entrevista, ¡y poco más! La verdad es que la frustración me pasó factura y durante las nueve semanas siguientes estuve borracho como una cuba. El día que decidí dejar de beber descubrí por casualidad un antro cuyo propietario era un hijo de polaco y española. Acabé haciéndome amante de ambos y el 18 de julio del año pasado les compré el garito. Cambié el nombre de bar «Czcibor y Manuelita» por «Tasca Skurwysynu» y ahora sirvo vino y nalewka mientras espero que Dios, en su infinita misericordia, me envíe un rayo sagrado para que me fulmine de una jodida vez.