Email del 17 de enero 2011

 

Goya, «Saturno devorando a sus hijos» (1821-23)

Miasma de circunloquios irónicos definitivos acerca del supuesto homo sapiens racional

Aunque el cerezo sea azotado por los elementos siempre seguirá manteniendo su forma inicial
(Proverbio vietnamita)

NOTA: Esta desencantada despotricación está repleta de insultos y defecaciones verbales dedicadas al ser humano, así como alabanzas y loas benditas consagradas a los animales no racionales entre los cuales, a veces, me incluyo. Generalizar siempre me ha parecido un acto despreciable e imbécil; estoy completamente seguro de que existen humanos que valen la pena, pero debido a que la proporción entre estos y los rastreros o depravados es de 1 por cada 100.000, me he tomado la licencia de excluir a los primeros y dedicarles en un futuro más o menos inmediato un panegírico especial.

Un humano dispone del arma más absoluta jamás creada: la inteligencia. Con ella es capaz de algunos actos buenos y que, de alguna forma, pueden honrarle, pero también de las más abyectas atrocidades. Ser humano implica olor de pies, pero al mismo tiempo maldad, crueldad, ferocidad. La mal llamada raza humana es un cáncer de la creación que se retroalimenta de una asquerosa sustancia amarillenta producida por el cuerpo en estado infeccioso llamada pus.

La convivencia del ser humano con la naturaleza es una verdadera idealización, una estúpida utopía. Al homo sapiens solo le interesa la destrucción, para después de la catástrofe, aplicarse a una improductiva e inútil construcción. Así es como creen que prosperan los cimientos de su insultante sociedad. Para conseguir sus fines viles, el ser humano está perfectamente diseñado con el don de la vacuidad absoluta, que con gran placer llevan al extremo más dogmático posible. Todo lo que enriquezca es permisible en aras de la involución, todo lo que uno pueda robar en el mínimo tiempo posible, engrandecerá el vicio del sinsentido ruin y despreciable.
Jean Paul Sartre con su lucidez y lógica habitual escribió «Lo más aburrido del mal es que a uno lo acostumbra». ¡Caray! No puedo dejar de repetirme esa frase como un jodido mantra incesante que lentamente agujerea los límites de mi convicción, a estas alturas muy seriamente dañada.

La organización cerebral de un animal irracional no permite el engaño y la malicia. Su perfecto diseño neuronal funciona exclusivamente desde un nivel de racionalidad lejano para la psique de cualquier ser humano. A veces rebuznar, ladrar, ulular, bramar, relinchar, maullar o mugir tiene más significado que una susurrante, y por otro lado, perfectamente modulada, palabra de amor (o de guerra). Por que las palabras de amor y de guerra pueden significar justo todo lo contrario escupidas por una laringe humana.

Llegados a este punto, se me ocurren algunas preguntas fundamentales. ¿Qué clase de desvarío mental nos impulsa el deseo de hacer el mal? ¿Cómo puedo cambiar de una vez por todas esa visión alternativa acerca de la concepción y falsa supremacía del Ser? ¿Es lícito fabricarse una venda artificial que cubra los ojos cuando no queremos que la auténtica realidad nos abrume ?

Personalmente, sólo tengo que mirar a un perro a los ojos para darme cuenta de que hay más lealtad, compañerismo, amor verdadero, pasión por el juego, carencia de indisciplina y corrección en formas, que en la mayor parte de la gente que conozco o he conocido. Cuando juego con un gato siento que verdaderamente no estoy perdiendo el tiempo, cuando abrazo a un burro y percibo su comodidad y su perdón a mi repentina intromisión en su vida es cuando ciertamente sé que de alguna forma, existe eso que algunos llaman libertad, ese concepto idealizado que pocos tienen el placer de experimentar en toda una vida de insumisión al estado y bajeza moral. Incluso cuando una paloma defeca sin piedad sobre mi cabeza sin pelo o sobre tu jersey nuevo marca Benetton deberíamos dar gracias por ser los elegidos. Pero no lo hacemos. Nos es más fácil blasfemar que participar, porque maldiciendo demostramos lo lejos que nos encontramos del universo físico, al mismo tiempo que ponemos en acción el gran defecto innombrable heredado genéticamente del mono: evitamos las dificultades por mínimas que estas sean, en otras palabras y como alguna vez cantó Peter Hammill: ¡¡¡ es tan fácil escabullirse!!!

Quiero suponer que existe vida inteligente en la Tierra y posiblemente en otros planetas. Sospecho que incluso alguno de mis conocidos pueda ser listo y yo aún no me he percatado. Creo firmemente que el nivel de estulticia de mi cerebro es considerable y patético. Presiento que el caos producido por la delimitación isolineal en el planisferio de nuestros sentimientos, es ciertamente formidable y carece de solución real, por lo que estamos condenados a vagar sin rumbo con las caras cubiertas por representaciones inexistentes de máscaras internas que usamos a conveniencia, y que nos sirven para ocultar la vergüenza de nuestros actos.

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Email del 14 de enero 2011

 

Philippe de Champaigne, «Vanitas» (1671)

En el año 49, un tal San Pablo (Pablito para los colegas) redacta y envía (sin acuse de recibo) una carta a los gálatas. Éstos se la devuelven argumentando que está repleta de faltas ortográficas y comparan su redacción con la de un ornitorrinco meningítico.

Tambien en este año, el gran filósofo Séneca se convierte en tutor del emperador Nero Claudius Cæsar Augustus Germanicus (AKA Neron),  humano bastante aficionado a los incendios.

49 es el número de polvos seguidos que, según el, le pegó un amigo mío a su novia el día que la selección española ganó algo (en estos momentos no recuerdo qué). Ignoro si la novia después de este ataque seminal vivió para contarlo.

Aunque he mirado en internet más cositas sobre este número infame y no he encontrado nada , cuarenta y nueve años equivalen a 17.879 días, o lo que es igual, 429.096 horas. Parece mentira que desde que me abrí paso a través del útero de mi madre, cansado ya de nadar en liquido amniótico de primera calidad durante 9 meses (o 275 días), sólo han pasado cuatrocientas veintinueve mil horas y pico. Pero en todas estas horas me ha dado tiempo a amar, robar, besar, eyacular, cantar, saltar, soñar, volar, besar, olvidar, desnudar, guardar, abrazar, engañar, terminar, chutar, cobrar, pagar, molestar, ahorrar (¡¡¡ ja !!!), acumular, descansar, acoplar, banear, apurar, quemar, despertar, ignorar, acatar, ladrar, obligar, respetar, dormitar, inventar, pintar, ratonear, recitar, cagar, estrujar, ar, ar, y ar.

Durante todo este tiempo me he dejado bigote, barba, perilla; he perdido el pelo y la dignidad, he descubierto de lo que son capaces ciertos humanos y sobre todo, he disfrutado de los animales.

Ahora me voy a desayunar y a afeitarme las ingles.

PD: Gracias humildes, desde el septum o tabique que divide las partes izquierda y derecha de mi corazón, a todos los que me han felicitado desde el muro de Facebook. Por supuesto extensibles a los que me han felicitado por mensaje o mail y a los que no lo han hecho de ninguna de las maneras. A estos últimos, espero que les salgan unas enormes y horribles almorranas sangrantes (es bromaaaa).

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Email del 11 de enero 2011

 

Francisco de Goya, «Dos viejos comiendo sopa» (1820-21)

Breve tratado acerca del envejecimiento humano

Conozco a un tipo que el día de su quincuagésimo cumpleaños se comió 51 huevos duros. Sí, ya sé que tendría que haber zampado sólo 50, pero cuando iba por 34 se descontó. Cito este caso simplemente como ejemplo de trastorno mental transitorio, debido a las anormalidades o perturbaciones que acarrean el envejecimiento, ese conjunto de modificaciones morfológicas y fisiológicas que nos recuerdan que pasa el tiempo.

A 3 días de mi cumpleaños -el viernes cumplo 50 por tercera vez consecutiva-, me asaltan miles de preguntas sin respuesta, al mismo tiempo que siento una extraña picazón en el saco escrotal que no me impide  concentrarme en la preparación de mi sagrada merienda. ¿Por qué nos hacemos mayores? ¿Hasta qué edad llegaré? ¿Por qué cuesta tanta dinero una silla de ruedas?

Hace un rato me miré en el espejo y aunque es posible que se tratara de  una alucinación, estoy casi seguro de que le escuché descojonarse. Es posible que no lo hiciera por mis arrugas y sí por mi bata azul celeste de tela polar con bolsillo de Homer Simpson. ¡¡¡ Menos mal que no me puse la de guatiné !!!

Mi vaso de leche de soja de la marca blanca del supermercado se está enfriando, no es algo que verdaderamente me importe. Tampoco me importa demasiado que el vaso que la contiene y que impide que se derrame sobre la encimera sea de color rosita. Lo único que realmente me afecta de esta situación es la vecina de arriba. Tiene cerca de ochocientos años y está mejor física y mentalmente que yo. Incluso cuando, como ahora, canturrea una estúpida canción de Julio Iglesias, no la está destrozando, sino que incluso supera (la ya de por si mejorable) versión del autor.

En resumidas cuentas: envejecer es un fastidio. A los hombres les salen pelos en las orejas y a las mujeres bigote. Conozco a una a la que sus hijos llaman «Widfreda la vellosa», aunque sería más correcto referirse a ella como «la Kaiser Guillerma», en honor al mostacho de Wilhelm Friedrich Ludwig, emperador de Alemania en el siglo XVII.

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Email del 20 de diciembre 2010

 

Paul Klee «Ad Parnassum» (1932)

Dedicado a una amiga
Todos sabemos (menos una persona) que el ser humano, a parte de ser demencialmente incompleto y padecer de bromidrosis y halitosis, puede llegar a ser algo impredecible. Lo que esta mañana a las 08:12 era maravilloso a las 09:22 puede parecerle menos aceptable que una víbora en el bolsillo. De ahí su grandeza, la del ser humano, no la de la pobre víbora, aunque a veces es más seguro dormir al lado de una serpiente que de un homo sapiens.
Por si alguien,  en estos momentos, duda de mi estado racional , procederé a ilustrar mi despotricamiento con algunos casos recogidos en el «libro de recogimientos espontáneos» del loco escritor saturniano Grigori Lapizzei, publicado en Dione (satélite natural de Saturno) 20.000 años antes de que un Australopithecus llamado Aughrt se rompiese una uña intentando extraerse una espinilla:

La señorita X-z Yusun, ciudadana de Dione y ultrajada por la negativa de su casero a rebajarle el precio del alquiler, emite un sonido gutural en una frecuencia tan baja que los calzoncillos del arrendador salen disparados a velocidad supersónica hacia Hiperión (otro satélite de Saturno). Lejos de amedrentarse, el casero se quita el peluquín y se lo hace tragar a x-z Yusun provocándole una peritonitis de la que sólo se repondrá cuando le hacen la autopsia.

Un animal de compañía llamado Becka, similar a un oso con cara de osa, se atrinchera en el edificio estatal de agujeros negros y amenaza con sacarse un ojo si el presidente de la institución no quema su sombrero nuevo. Como el sombrero fue regalado por su esposa en el aniversario de su última paliza, éste, sabiamente se niega y provoca un conflicto que sólo se resuelve varios días después, cuando alguien averigua que los ojos de Becka son de cristal, ya que el oso con cara de osa esta disecado y según una etiqueta que le cuelga del hombro izquierdo, a la venta a precio popular.

Aunque podría transcribir varios casos análogos para demostrar mi aversión a todo lo que tenga que ver con el ser humano, tengo que dejar inconcluso mi ensayo ya que mi hermano pequeño Sergio necesita que me quede en el coche mientras él hace unos recados. De esta manera, evita que la grúa se lleve su vehículo y al mismo tiempo me saca a pasear un rato…..y sin correa.

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Email del 8 de noviembre 2010

 
 

Paul Cézanne, «Nature morte au crane» (1895)

 

¿Por qué las manzanas saben a alpargatas viejas?
 
Cuando solamente era un chiquillo, y de eso hacen muchos, muchos años, no había nada que me gustara más que subirme a un árbol frutal y comerme una sabrosa y jugosísima fruta. Algunas veces no me apetecía trepar a un árbol y las compraba en la frutería más cercana. El sabor era el mismo y la sensación era realmente placentera. Claro que eran unos tiempos en los que las peras sabían a peras y las manzanas a manzanas. Unos tiempos en los que mantener un gajo de naranja en la boca era un pasaporte al orgasmo de los sentidos. Lamentablemente, los tiempos pasados no regresarán nunca mas y, mientras tanto, estamos casi obligados a tragar alimentos naturales que tienen sabores francamente repugnantes. Fresas que saben a higadillos de Stegosaurus, melocotones con sabor a plantilla de zapato muy usado o ciruelas que producen efectos secundarios muy extraños al que las consume. ¿Dónde está la calidad? ¿Qué le están haciendo a los árboles? ¿Acaso los riegan con alcohol etílico o ácido nitroso? ¡Quiero comer frutas con su sabor originario. ¡Y las quiero ya! Estoy completamente harto de zamparme manzanas reinetas, golden, delicious y fuji nauseabundas. Me crispa los nervios llevarme a la boca naranjas mavel, sangre o blancas que escuecen. No puedo soportar las mandarinas satsuma, clementinas o hibridadas que tienen unos colores tan hepáticamente irreales. Y la lista sería infinita. Podríamos pasar de las frutas a las hortalizas o a los tubérculos o incluso a cualquier tipo de verdura. El resultado siempre es el mismo. Nos venden una cosa pero el resultado es otro. ¿Qué diferencia hay entre comer un pomelo o chupar el culo de una vaca? Ninguna. Incluso podría admitir que lamer el trasero de un buey es más sabroso y nutritivo que ingerir algunos alimentos que están a la venta en los grandes supermercados o ultramarinos de barrio. Llegados a este punto, podríamos hacernos una pregunta fundamental: ¿Cuál es la solución a este nadir alimenticio? La respuesta es difícil, pero creo que pasa por no comprar absolutamente nada de comida y dedicarnos a engullir tocones podridos, hojarasca casi descompuesta, alguna que otra piedra extraída entre los aluviones del pleistoceno y ladrillos del número 6 recién cocidos.
 
Hace un par de semanas un buen amigo mío vino gritando de excitación a mi casa. Una vez calmada su ansiedad me contó que acababa de comprar un melón que tenía un magnífico sabor. La única pega era que tenía un cierto regusto a sandia, pero a sandia de primerísima calidad. Me indicó en qué tienda la había comprado y rápidamente la visité. Era bastante amplia y estaba esplendorosamente  iluminada por el sol que se filtraba por las ventanas. Los estantes rebosaban de frutas de todos los colores imaginables y un halo de esperanza inundó mi cínico y viejo corazón. Desafortunadamente, ya no quedaban melones, así que compre una piña y medio kilo de higos. No os puedo relatar con qué celeridad regresé a mi dulce hogar a dar buena cuenta de tales manjares. Pero después de dar el primer mordisco a los higos y notar que sabían a aguacate pasado, mi alegría bruscamente volvió a la pura realidad. Y no mejoro mi humor cuando ese mismo día, unas horas después, ataqué la piña que tenía un característico sabor a patata pisada por un regimiento de pontoneros.
 
Ya no tengo ganas de seguir despotricando sobre este lamentable tema. Necesito comer algo y recuperar fuerzas para el día que se avecina. Hoy desayunaré medio libro antiguo y unas pocas arandelas de plástico.

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Email del 2 de noviembre 2010

William Etty. The three graces (1835) 

Pero….¿de verdad curan los médicos?

6 de Agosto 1989El señor G. L. V. de Pontevedra demanda a la seguridad social y al doctor que le operó de una hernia discal. Parece ser que el susodicho matasanos dejó olvidado en su cuerpo un bisturí, tres gasas ensangrentadas, un boleto de la primitiva y un paquete de Lacasitos.

21 de febrero de 1999

A. S. R. de 24 años y vecino de Valladolid, harto de pleitear con los médicos que olvidaron una lavadora-centrifugadora marca Aspes en el interior de su esófago, se hace del Hare Krisna, aunque pronto es repudiado por la congregación debido a su absoluta incapacidad para entonar cánticos pseudosreligiosos en el hall del aeropuerto y sujetar el Bhagavad-gita al mismo tiempo.

11 de enero de 2003

Un descargador de muelles de Castellón que atiende por las iniciales de I. L. S. demanda a la SS, a los médicos y enfermeras que le operaron y a su frutero Rogelio García. Según reza en la denuncia, el olvido de un tupper de macarrones con champiñones y alcaparras en su testículo derecho le impidió durante meses llevar una correcta y satisfactoria vida sexual con su pareja. Hasta el momento, se desconoce la razón de la demanda contra Rogelio García.

Se calcula que el 64 % de los médicos y enfermeras han sido agredidos alguna vez. Si alguien a estas alturas se pregunta el motivo, es que no vive en este mundo. Y no voy a despotricar irónicamente contra este colectivo. Estoy seguro de que existen doctores y enfermeras que adoran su trabajo y viven sólo para él. Pero desgraciadamente, a una gran parte le importa bien poco salvar vidas. Lo único que quieren salvar a toda costa es su bolsillo y sus piscinas.

No hace mucho tuve un gran altercado con un dermatólogo que se puso borde al no querer atender un simple ruego mío. Aún recuerdo al bedel del centro de salud dando saltitos e intentando pegarme con una muleta totalmente desvencijada esperando, supongo, hacer méritos o simplemente quedar bien ante los enfermos que como ovejas esperaban el turno. Y yo sólo quería que me quemara una verruguita que me había salido en el cuello. Pero él, extraordinariamente indignado, me respondió que no era médico para eso y que por una tontería así no deseaba perder su valioso tiempo.

Un buen amigo mío me contó una vez que su medico de cabecera siempre le recetaba laxantes. Daba igual que tuviera jaqueca o mucosidad nasal, la receta era invariablemente la misma. Los lectores (si es que hay alguno) más mayores recordarán el famoso caso del odontólogo cantarín que, antes de tratar a sus pacientes y en posición algo afectada, canturreaba con buena voz y tono correcto “Los ejes de mi carreta”. Pero no quiero que nadie se haga un perfil erróneo acerca de mi persona, pues odio hasta un límite insospechado a la gente que generaliza. Como todas las profesiones, la médica tiene sus ovejas blancas y sus ovejas negras. El problema es que cuando en algunos casos la vida esta en juego, la suerte, más que la pericia sanitaria (y sí, digo sanitaria), acaba siendo el aliado más apetecible para la propia supervivencia.

La entropía y Karlitos Arguiñano

Siguiendo la tónica de mi existencia, en la cual todo lo que no está demasiado destrozado acaba estropeándose, se ha roto la tv que era casi nueva. Antes de llevarla a reparar y tener que cruzar unas palabras y una estúpida sonrisa con un técnico humano, voy a intentar «colar» la reparación al seguro del hogar. Eso significa mentir. Mentir es el producto de ser mortal. Por lo tanto aún soy humano. Pero yo quiero ser animal. No quiero racionalizar, sólo intuir. Percibiendo, de alguna extraña manera venzo. Venciendo, puedo seguir muriendo. Sólo muriendo me entran ganas de vivir, aunque estas sean minúsculas y arriesgadas.Y por si todo lo anteriormente reseñado no fuera suficiente, ahora tengo que volver a tragarme, aunque sólo sean veinte segundos mientras hago zapping (en una mini tv que me ha dejado mi hermanito) al inefable y brutalmente martirizante retrasado mental llamado Karlos Arguiñano.

La primera vez que vi un programa de Arguiñano en la maravillosamente bien llamada «caja tonta», creí que me había sentado mal el agua mineral que acababa de beber. Me pareció raro, porque era Font Vella, pero no le di mas vueltas. Estoy hablando de hace unos 15 años; entonces yo tenía más pelo, era menos cínico y la presencia de ese señor sin talento y que contaba unos chistes tan malos mientras cocinaba unos platos tan similares unos de otros, no tuvo serias consecuencias en mi estado intelectual. No podía imaginar, debido sobre todo a mi visión infantil e idealizada de la vida, que en un futuro, más o menos próximo, lo llegaría a odiar tanto.

Pasó un lustro hasta que mi temor dejó de ser infundado para convertirse en real. Estaba plácidamente tumbado en mi sofá de tres incomodas plazas, aburriéndome soberanamente y haciendo un poco de zapeo, cuando volví a sintonizar un programa suyo. Esta vez, además de cocinar platos con nombres extremadamente largos y contar chistes, seguramente escritos por un chimpancé con serios problemas psíquicos, se atrevía a cantar. Canturreaba fuera de tono, sin ritmo y con la letra alterada, mientras destrozaba esas entupidas canciones manufacturadas como churros para el vulgo de salud mental dudosa. Decir que ese día fue un punto de inflexión en mi vida es poco. ¿Cómo se pueden destrozar canciones que ya de por sí son un desastre? ¿Cómo un sujeto, después de contar un chiste que no haría reír ni a mi prima Rosita, se atrevía a preparar hígados de pato con miel sobre un lecho de tomate con mozzarella? ¿Es que se avecina el fin del mundo y todo recupera su falso sentido?

No volví a reparar en Don Karlos hasta ayer a última hora de la tarde, pues debido a una mala acción de la que estaba poco orgulloso, puse la tele para fustigarme y lo vi de nuevo. Esta vez los chistes eran incluso peores, yo diría que mortales; y su entonación musical había alcanzado unas cotas difíciles de superar. Cuando entre risas, entonó «Dos gardenias», sonaba exactamente igual a los ruidos que se producen cuando intentas estrangular a un ornitorrinco frígido con una corbata de seda. Y mientras más lo contemplaba, más fascinado y enfermo me sentía. Hasta que reparé en su nariz roja y en una botella de vino abierta que se escondía en el súper-fashion armario que sostenía el carísimo horno pirolítico.

No quiero extenderme en un tema tan banal. Personalmente, cuando se dedica a cocinar y deja de comportarse como un showman, no me produce esa sensación vomitiva que me saca de quicio, más que nada, por que me importa una mierda psicótica el pato con miel y demás exquisiteces. A mí preparadme un buen plato de lentejas…

Otto, a comer tu dog shaw

España (sin águila en la bandera) tiene el triste privilegio, por llamarlo de alguna manera, de ser el país europeo con mas mierdas de perro estampadas en las aceras, lo cual no es de extrañar, si nos atenemos al carácter agrio, antisocial e inadaptado de una gran parte de sus habitantes.

Por supuesto que no reniego de los animales domésticos, yo mismo tuve una perra que se llamaba Tita (Cervera) a la que, como a todos los de su especie, le encantaba defecar en el primer lugar que encontrara y más si por cuestiones de indisponibilidad había estado aguantándose nueve horas y media. Pero resulta que este país también es el segundo máximo fabricante de toallitas de papel y de bolsas de plástico. Y a menos de que se padezca cardiopatía severa de antebrazo o mano, no puedo entender cómo se puede llegar a ser tan guarro, pasota e incívico.¿Tanto cuesta agacharse con un papel en las manos y coger la mierda de «Otto», «Kuki» o como diantre se llame un perro? Ojo, no digo que una vez envuelta la caca haya que metérsela en el bolso o la mariconera, porque existen unos inmensos y feos contenedores en cada esquina de cualquier calle y que, según mi pedicuro Aurelio Posadas García, no están ni de adorno ni para que les peguen fuego por la noche.

Creo que de ahora en adelante, en mis ratos libres, tres días a la semana, voy a seguir a todos los cochinos ciudadanos a los que les importa todo un pimiento y a sus mal criados canes y cuando averigüe su domicilio, les pegaré una cagadita en el felpudo de la puerta, aunque tenga que estar tomándome EVACUOL a todas horas y aunque afecte a mi salud ya de por si claramente achacosa.

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Email del 1 de noviembre 2010

 

Caravaggio, «Bacco»
Todo o absolutamente nada

Lo único bueno que tiene envejecer es que cada día somos mas sabios y aprendemos algo. Algunos aprenden a ser más honestos y tratan de poner siempre una mejilla. Otros aprenden a mentir con una maestría sublime y pocos son los que están a salvo de estos vampiros. Los hay que se cultivan en el execrable arte del descuartizamiento verbal y lo ponen en marcha ante cualquier osado que se les cruce en el camino. Por lo que a mi respecta, hoy 2 de noviembre del 2010, a las 08:00 horas, he aprendido que… ¿Qué he aprendido? No he podido aprender nada porque creo que ya lo sé todo, aunque en realidad no entiendo la definición del vocablo «Todo».

Este despotricación sólo va dirigido a mi. Sólo yo puedo entenderlo. Es posible que sea un ejercicio de narcisismo encubierto en unos párrafos pésimamente escritos. Pero tenía dos opciones, vomitar palabras inconexas o regurgitar comida todavía no digerida. ¿Qué más da, que en mi largo proceso entrópico pueda parecer un idiota lunático? Soy lunático desde que tengo uso de razón y soy un idiota desde que soy lunático. Solo siendo así de estúpido puedo entrar en un estadio cercano a la felicidad. Y no es una felicidad inducida química o emocionalmente. No sé si me explico bien. Cuando paseo por la calle y un perro me ladra soy feliz por que mi estructura emocional, conformada por mi código genético, imposibilita que juzgue a un ser que no tiene libre uso del raciocinio. Por el contrario, cuando veo una persona de sexo indeterminado mirándome fijamente a los ojos, no puedo dejar de sentir un escalofrío recorriéndome la espina dorsal que me hace retroceder en el tiempo: líneas blancas y una tarjeta de crédito sobre una mesa destartalada.

Alguien dijo una vez que es necesaria la búsqueda de vida inteligente extraterrestre, porque en este mundo no existe la inteligencia. No puedo estar mas conforme con esta frase lapidaria. Y además, añadiría que es cuestión de tiempo y de supervivencia. La majadería y la imbecilidad son un virus que no tiene moral. No la necesitan. Su ácido nucleico contiene información especifica para modificar cualquier célula sana. Sólo es cuestión de tiempo que nos infectemos silenciosamente.

Hace un par de meses pregunté a 3 conocidos por el significado de la palabra FELICIDAD. Las respuestas fueron variopintas, graciosas, pero poco adecuadas. ¡Es tan fácil escabullirse incluso de una pregunta! El primer encuestado simplemente dijo que para él, ser feliz era no pagar más facturas. El segundo cantó unos versos del mítico cantante de los sesenta, Palito Ortega: «La felicidaaaaad, ja, ja, ja, ja, de sentir amoooor, jo ,jo, jo, jor, hoy hacen cantaaaaar, ja, ja, ja, jar, a mi corazóóóóón, jo,jo, jo, jon.» Y el tercero, incluso superó en vacuidad al segundo. ¿Qué fue lo que contestó? ¿Qué? ¿Qué? Su contestación fue breve pero resuelta: «todo o absolutamente nada».

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