Email del 17 de enero 2011
Miasma de circunloquios irónicos definitivos acerca del supuesto homo sapiens racional
(Proverbio vietnamita)
NOTA: Esta desencantada despotricación está repleta de insultos y defecaciones verbales dedicadas al ser humano, así como alabanzas y loas benditas consagradas a los animales no racionales entre los cuales, a veces, me incluyo. Generalizar siempre me ha parecido un acto despreciable e imbécil; estoy completamente seguro de que existen humanos que valen la pena, pero debido a que la proporción entre estos y los rastreros o depravados es de 1 por cada 100.000, me he tomado la licencia de excluir a los primeros y dedicarles en un futuro más o menos inmediato un panegírico especial.
Un humano dispone del arma más absoluta jamás creada: la inteligencia. Con ella es capaz de algunos actos buenos y que, de alguna forma, pueden honrarle, pero también de las más abyectas atrocidades. Ser humano implica olor de pies, pero al mismo tiempo maldad, crueldad, ferocidad. La mal llamada raza humana es un cáncer de la creación que se retroalimenta de una asquerosa sustancia amarillenta producida por el cuerpo en estado infeccioso llamada pus.
La convivencia del ser humano con la naturaleza es una verdadera idealización, una estúpida utopía. Al homo sapiens solo le interesa la destrucción, para después de la catástrofe, aplicarse a una improductiva e inútil construcción. Así es como creen que prosperan los cimientos de su insultante sociedad. Para conseguir sus fines viles, el ser humano está perfectamente diseñado con el don de la vacuidad absoluta, que con gran placer llevan al extremo más dogmático posible. Todo lo que enriquezca es permisible en aras de la involución, todo lo que uno pueda robar en el mínimo tiempo posible, engrandecerá el vicio del sinsentido ruin y despreciable.
Jean Paul Sartre con su lucidez y lógica habitual escribió «Lo más aburrido del mal es que a uno lo acostumbra». ¡Caray! No puedo dejar de repetirme esa frase como un jodido mantra incesante que lentamente agujerea los límites de mi convicción, a estas alturas muy seriamente dañada.
La organización cerebral de un animal irracional no permite el engaño y la malicia. Su perfecto diseño neuronal funciona exclusivamente desde un nivel de racionalidad lejano para la psique de cualquier ser humano. A veces rebuznar, ladrar, ulular, bramar, relinchar, maullar o mugir tiene más significado que una susurrante, y por otro lado, perfectamente modulada, palabra de amor (o de guerra). Por que las palabras de amor y de guerra pueden significar justo todo lo contrario escupidas por una laringe humana.
Llegados a este punto, se me ocurren algunas preguntas fundamentales. ¿Qué clase de desvarío mental nos impulsa el deseo de hacer el mal? ¿Cómo puedo cambiar de una vez por todas esa visión alternativa acerca de la concepción y falsa supremacía del Ser? ¿Es lícito fabricarse una venda artificial que cubra los ojos cuando no queremos que la auténtica realidad nos abrume ?
Personalmente, sólo tengo que mirar a un perro a los ojos para darme cuenta de que hay más lealtad, compañerismo, amor verdadero, pasión por el juego, carencia de indisciplina y corrección en formas, que en la mayor parte de la gente que conozco o he conocido. Cuando juego con un gato siento que verdaderamente no estoy perdiendo el tiempo, cuando abrazo a un burro y percibo su comodidad y su perdón a mi repentina intromisión en su vida es cuando ciertamente sé que de alguna forma, existe eso que algunos llaman libertad, ese concepto idealizado que pocos tienen el placer de experimentar en toda una vida de insumisión al estado y bajeza moral. Incluso cuando una paloma defeca sin piedad sobre mi cabeza sin pelo o sobre tu jersey nuevo marca Benetton deberíamos dar gracias por ser los elegidos. Pero no lo hacemos. Nos es más fácil blasfemar que participar, porque maldiciendo demostramos lo lejos que nos encontramos del universo físico, al mismo tiempo que ponemos en acción el gran defecto innombrable heredado genéticamente del mono: evitamos las dificultades por mínimas que estas sean, en otras palabras y como alguna vez cantó Peter Hammill: ¡¡¡ es tan fácil escabullirse!!!
Quiero suponer que existe vida inteligente en la Tierra y posiblemente en otros planetas. Sospecho que incluso alguno de mis conocidos pueda ser listo y yo aún no me he percatado. Creo firmemente que el nivel de estulticia de mi cerebro es considerable y patético. Presiento que el caos producido por la delimitación isolineal en el planisferio de nuestros sentimientos, es ciertamente formidable y carece de solución real, por lo que estamos condenados a vagar sin rumbo con las caras cubiertas por representaciones inexistentes de máscaras internas que usamos a conveniencia, y que nos sirven para ocultar la vergüenza de nuestros actos.
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