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| M.C. Escher. Other world (1947) |
El siguiente texto se envió telepáticamente a la señorita Victoria Martínez Rubio, pero por un error de trasmisión fue recibido por un alienígena llamado Sroffff-G residente en algún lugar de Ío. Afortunadamente Sroffff-G reenvió el mensaje a la Tierra. El lugar de recepción, así como el resto de circunstancias son información clasificada. Se me ha permitido -amablemente- transcribirlo en papel y publicarlo en mi blog, siempre que no proporcione detalles y no altere el texto original:
«Victoria:
Me encontraba en el parque jugando al shogi contra mí mismo cuando se me acercó un hobo. Su cara me pareció un duplicado casi exacto de un rostro que vi alguna vez troquelado sobre un quincunx. Cuando se sentó a mi lado y me preguntó de una manera bastante áspera si me atrevía a jugar contra él, cometí uno de los errores más grandes de mi vida y le contesté con una sonrisa un tanto abstracta que le hizo creer que estaba completamente de acuerdo. Lo que sucedió después solo son conjeturas, pues, excepto la pareja que me encontró y me trasladó al hospital, nadie sabía nada, y lo poco que ellos pudieron contar fue que cuando me recogieron del suelo sangrando abundantemente «les pareció ver a un tipo de aspecto desarraigado corriendo como un loco». ¿Los cuerdos corren como cuerdos? ¿Puede un loco correr como un cuerdo? ¿O un cuerdo como un loco?
El número 467 tiene algo. Una especie de nosequé. Desde luego me gusta más que el 466 o el 468. No podría llegar a explicar la razón, pero, ¿qué puede importar eso a un nosecomefobico que no puede moverse de la cama o zafarse del número que le ha sido asignado? A veces me pregunto cómo es posible que en 25 cm de carne quepan 467 puntos de sutura. Pero es lo que sucede cuando intentan destripar a alguien, por lo menos eso me dice el médico que entra una vez al día y me pregunta cómo me encuentro. ¡Qué pregunta más estúpida! ¡Me siento como me siento! Y aunque es una respuesta todavía más estúpida que la propia pregunta, no deja de ser una respuesta concreta. Y en mi estado una concreción es mucho más que una puntualización.
Un policía con aspecto deprimido me visitó hace un par de días. Sus preguntas de niñita oligofrénica de cuatro años obraron una mejoría en mi estado, pues antes que ese tipo llegara no podía moverme sin gritar de dolor y mientras estuvo delante de mí solo pensaba en estrangularlo con el catéter. «¿Pudo verle la cara?». «¿Qué edad diría que tenía?». «¿Qué es un hobo?». «¿Shogui qué?». ¡Joder! ¿Qué es lo que se esconde en el cerebro de los maderos? Aunque la verdad es que las enfermeras que me atienden tampoco están demasiado sobradas de imaginación. «¿Te duele por aquí?». «¿Y por aquí?». «¿Y por aquí?». «¿Sientes algo ahora?». «¿Y ahora?». «¿Y ahora?». «¿Y ahora?». Señora, no siento nada. ¡Ni aquí, ni aquí, ni aquí, ni allí! Y por favor, me hace cosquillas con el bigote, así que aparte su puta cara de mi estómago.
La verdad es que no te escribo para criticar a las diferentes profesiones que por una causa u otra estos días están encima, al lado o debajo de mí. En realidad necesito que me traigas crack y la pipa para fumar crack. ¡Es broma! Necesito que uses las copias de las llaves de mi casa que te di hace años por si alguna vez sucedía algo y me acerques algunas mudas de ropa interior, un pantalón vaquero, una camisa y un par de libros de Marcial Lafuente Estefanía.»
