Email del 21 de mayo 2018

Georges Braque. Still life with red tablecloth (1934)

Querida:

«Durante los siguientes días y noches, seguí rascándome la pierna dos veces cada dos minutos durante dos horas en periodos binarios y alternos. Me gustaba rascarme la pierna. Por alguna razón desconocida, prefería rascarme la derecha, aunque a veces intentaba acariciar a la izquierda, como previa preparación para un posterior y futuro rascado, pero las matemáticas dominaban mi existencia y estaban acabando con lo poco que me quedaba de salud mental. Por esa razón decidí cortarme la pierna derecha con un serrucho de poda dentado y llevársela a un taxidermista que la rellenó de algodón mezclado con yeso y la sujetó en un bonito panel de madera noble con refuerzos de cuerda de fibra trilobulada. Ahora está colgada en el pasillo, justo al lado del paragüero donde dejo las muletas cuando no las utilizo. ¡Y mis invitados la contemplan maravillados! Algunos hasta me han comentado que cualquier día son capaces de cortase un brazo o una oreja y llevársela a su disecador favorito».

Lo que acabas de leer es el final de mi nuevo cuento cuyo título es tan imposible como las seis cosas antes del desayuno de Alicia de Lewis Carroll. Por esa razón voy a tratar de no transcribirlo aquí. Hasta ahora, siempre que escribía algo te enviaba uno o varios párrafos del principio para que me dieras tu opinión. Esta vez te he pegado el último párrafo. Y en lugar de escuchar tu opinión quiero que tú escuches mis gemidos. Te adjunto un archivo Mp3 con los más representativos. Algunos son antiguos, pero la mayor parte no tienen más de cinco años. Los primeros nueve pertenecen a ocho orgasmos diarios, excepto el número cuatro y el cinco que fueron gritados el mismo día y en las mismas condiciones de éxtasis incontrolado. Los siguientes 17 gemidos pertenecen a una serie que denomino Los grititos desayunales pues, aunque no soy Alicia, están grabados después de varios desayunos. Algunos tras la ingesta del yogurt, otros después de las tostadas con aceite extra virgen de oliva o mermelada light marca Hero y la mayor parte, tras beberme los dos huevos fritos o haber mojado el pan en el café con leche. El resto de gemidos están grabados en condiciones adversas, bien en la ducha, en el dentista, a mitad de una operación quirúrgica o tras una maratón orgiástica con 34 señoritas con medidas comprendidas entre 90-60-90 y 94-58-94, aunque una de esas señoritas tenía una medida bastante extraña (87-56-82). De todas formas he adjuntado una relación completa -de cada gemido, no de las medidas de las señoritas- y sus explicaciones en tres hojas de Microsoft® Word junto a cinco cupones regalo. Cuando tengas otros 30 cupones más, podrás canjearlos en mi cocina por un precioso juego de manteles que contiene seis individuales antideslizantes, tres lisos con estampados de polialgodón, un lote de 12 servilletas de lino tejido y un protector de mesa rectangular, aunque si lo prefieres ovalado, por mi parte no hay ningún problema.

Ahora voy a intentar tranquilizarme. Normalmente lo hago con pastillitas, pastillas o pastillazas, pero hoy lo voy a hacer por medio de los golpecitos, golpes o golpazos en el cráneo. Con un palo, naturalmente. De madera de pino, por supuesto. Totalmente controlados, faltaría más. Pero si los golpes no surten efecto y acabo en urgencias -ya me ha ocurrido en ocasiones anteriores-, cuando me den el alta me tragaré con el mismo vaso de ginebra tres pastillitas, siete pastillas, dos pastillazas y una cucharadita de ajenjo, que va estupenda para las flatulencias que producen los estearatos de magnesio que forman parte de cada comprimido.

Greg