Email de 23 de junio 2015

 Yves Tanguy, Blue Bed. 1929

Amiga:

Todos sabemos que no existen las razones sino los momentos reflexivos involuntarios, pero por algún motivo intrascendente yo acabo de llevar la contraria a mis propias reflexiones y he tenido una razón; una razón para desplegar un momento reflexivo aunque totalmente voluntario, mantenido por la tenacidad más extrema y una intención a menudo sobornable o corrompida. Y es que acabo de trasladarme al pasado agazapado en una especie de casualidad entrópica y ese paso por los instantes perdidos pero archivados en alguna parte del cerebro, me ha regalado una serie de recuerdos munificentemente onerosos que, lejos de tranquilizar mi corazón esparcido o transformar la tiflosis mesmerizante en una especie de bálsamo divino o sagrado, no han logrado apaciguar la indiferencia apática que desde hace tantos años es mi única aliada.

Recuerdo a mi padre, un tipo que no sabía nada aunque él creía saberlo todo, recuerdo sus ejercicios de autoconvencimiento vano; todavía puedo recordar su mantra preferido: «¡no, nunca, para nada!» Camino entre las décadas perdidas y oigo sus lamentos, sus suspiros. Miro al espejo donde se reflejaba diariamente y las tinieblas me impiden revelar mi cuerpo, plasmar la evidencia, manifestar el juego.

El mundo está lleno de ángeles, por lo menos eso creen los que sonríen. Yo no fuerzo mis labios en posturas vanas que irremediablemente van a transportarme al otro lado de este flanco que ahora llamo «la nada». Tampoco he visto ángeles. No, no he visto ángeles; ni siquiera querubines o serafines. Es muy probable que mi incapacidad innata para la contemplación de fenómenos celestiales esté supeditada a mi ineptitud para sonreír delante de un ser humano. No, no puedo sonreír; ni siquiera delante de un demonio. No puedo sonreír, pero tampoco lo intento.

Mi madre era la luz que batallaba contra la oscuridad de la negación, la oscuridad de ese tipo que no sabía nada y que gimoteaba al darse cuenta de su condición de rey palurdo entre idiotas. A veces, ella alargaba las manos y me regalaba milagros. Aunque nunca transformó panes o peces, te juro que cientos de veces la vi modificar el aspecto de lo inapreciable. Y nunca le he dado las gracias, ni siquiera la he abrazado, porque soy incapaz de rodear con mis brazos algo que esté vivo, que respire, que tenga emociones. Mi insuficiencia sentimental me hace parecerme cada vez más a ese rey desafiante que llora a cada momento al darse cuenta de cómo ha malgastado su tiempo.

Los sueños no existen, simplemente caen como losas, pero no tienen entidad propia. Yo no sueño porque me niego a comerciar con las imágenes. No, no sueño, no sueño. Una vez lo intenté, pero un millón de noches golpearon mi paciencia. No sueño. Los acertijos tienden a convertirse en enigmas cuando la predisposición es insegura y recurrente, por ese motivo prefiero permanecer muerto pero seguro dentro de la insensatez que define mis movimientos. No puedo soñar, pero tampoco lo intento.

Las horas pasadas están guardadas en un volumen sin inscripción. No me importa demasiado: tengo las suficientes razones para olvidarlo. Necesito olvidarlo. Debería olvidarlo, porque cuando de entre las mentiras que conjugan el verbo de la desesperación se alce la más quebradiza y endeble, mis noches y mis días pasados conseguirán el mérito de lo improbable y entonces, es posible que pueda volver a caminar entre hijos de puta sin el mayor asomo de cobardía, timidez o miedo. Porque no existe pánico donde se cristaliza la insensibilidad, el desinterés, la displicencia.

Un abrazo