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| Chagall, «Le violiniste bleu» (1947) |
Mucho antes de que las lágrimas de la Edad Media dieran paso a los días luminosos, existió sobre la faz de la tierra ensangrentada de cierta ciudad española bañada por el mediterráneo un juglar que, lejos de cantar y transmitir historias, se dedicó en cuerpo y alma a santificar a la luna. No era el bardo de Elphin, pero sí pertenecía a la legión de los lunáticos enamorados de nuestro satélite natural, y a él dedicaba prácticamente cada suspiro de su vida.
Desafortunadamente para la sensibilidad de los que creemos que es posible localizar la verdadera inteligencia en algún lugar concreto del cosmos, este chalado genial del que desconocemos prácticamente toda su biografía y del que sólo nos han llegado unos cuantos versos inconexos y un par de reflexiones filosóficas, nunca fue muy dado a desvelar su vida. Conocemos su nombre: Gregorio; sabemos que nació en Valencia sobre en el siglo XVII y que fue un hijo muy querido por su madre pero odiado y repudiado por su padre. Parece ser, que a una edad muy temprana, se trasladó a Francia donde contrajo matrimonio con una hilandera en Lyon y que participó en la guerra franco-holandesa que finalizó con los tratados de Nimega. Eso es todo, desconocemos el resto de páginas de su existencia. Ni siquiera conocemos la fecha de su muerte o donde descansan sus restos, pero de lo que realmente estamos seguros es de que nunca un chiflado incomprendido escribió versos tan maravillosos como los que él dedicó a su musa:
La luna está desnuda;
Yo guardaré su secreto,
pero no apartaré la mirada…
Si tuviéramos que hacer caso a nuestras intuiciones, a veces bastante alteradas (unas veces debido a los infortunios del día a día y otras por el sufrimiento que conlleva el conocer la realidad de la estupidez humana y sus temibles consecuencias para el espíritu global), nos sería fácil etiquetar una obra tan prosaica bajo el epígrafe «animus iocandi»; nos evitaría problemas y lo que es más importante, trabajo y desasosiego oneroso. Pero también es cierto y «iuris tantum» que nos haría más apocados e irresolutos frente a nuestras circunstancias morales y a los azares de la dignidad que nos alimenta.
