Email del 28 de junio 2015

Andre Petterson, Burst

Hola.

Mi cuento «100 maneras de pelar un huevo duro» está casi terminado y me satisface cómo está quedando; creo que será incluso superior a «100 maneras de molestar a un obispo» aunque ambos son radicalmente distintos. Mientras el primero se adentra en el maltratado mundo de los alimentos, el segundo trata de diseccionar al clero y las marcas de preservativos, estampitas  y juguetes que utilizan en sus correrías sexuales. Como odio a muerte el número 2, he decidido escribir un tercero que se titulará «100 maneras de escupir sobre un gato callejero» en el que disertaré, por supuesto con mucha mala leche, sobre las relaciones entre los seres humanos y los animales que sobreviven en nuestras ciudades desde una perspectiva nada moralizante y con ciertas dosis de cinismo y absurdo. En cuanto a «Dios no paga impuestos, pues tiene un abogado estupendo», la novela que llevo entre manos desde hace 3 años, he decidido aparcarla por el momento mientras me concentro en otros menesteres más necesarios, tales como fumar o comer caramelos.

Ayer por la noche me sucedió algo extraño: durante unos veinte segundos -mientras mi perro Mac se peleaba con mi pie y aparentemente le ganaba- experimenté un estado de ánimo que podría definirse como de absoluta felicidad. pero tras ese momento de satisfacción y alegría sufrí un repentino ataque de picor en la conjuntiva del globo ocular derecho que me devolvió a la realidad, por lo que estoy en condiciones de afirmar que es preferible ser infeliz antes que gastarse el sueldo o parte de él en colirios o pomadas oculares. Ser infeliz es gratis, y eso es algo que nunca deberíamos olvidar, sobre todo en estos tiempos que corren. Según el Libro Guinnes de los records, el hombre más infeliz del mundo fue un tal John Maizena, que vivió en Londres durante el siglo XIX y que murió a la edad de 134 años rodeado de sus acreedores más queridos. Sin embargo, su único hijo, John Maicena II se suicidó a los 25 años después de una orgía de felicidad descontrolada sin haber traído al mundo más vástagos que perpetuaran la estirpe.

Cierto día del año 1962, en un hospital de las afueras de una ciudad cualquiera, nací yo. Desde entonces he muerto varias veces. Si todo sigue el curso establecido, aún me quedan varios decesos que celebrar. Los gatos tienen 9 vidas, pero los humanos sólo tenemos una, y es una vida de perros, repleta de aburrimiento, facturas, virus y pies con los que luchar. La muerte es perfecta y saludable, y lo que es mejor, está al alcance de todos, pues es barata. Vivir eternamente puede ser trending topic, pero ocasiona demasiados problemas, por lo cual debería ser una opción rechazable.

Mientras te escribo estas líneas, Mac ha hecho un popó y se lo ha comido. Estoy tratando de decidir si lo estrangulo con el cable del teléfono o lo meto en un barril con salmuera para que se conserve y cure al mismo tiempo. Aunque si lo pienso detenidamente puedo llegar a una terrible conclusión: la existencia, tal y como ahora la conocemos y padecemos, no es más que un grandísimo montón de heces que deben ser engullidos para hacerla soportable. Desde pequeños aprendemos a tragar. Es una sencilla forma de justificar lo injustificable. Algunos tragan el pasado, otros cada uno de los instantes que les escuecen. Los hay que tragan flujo vaginal y los que tragan saliva. Yo prefiero tragar caracolas de chocolate y horchata de la marca Chufi. Pero, mientras me atiborro, intento encontrar un sentido a todo esto.

Según la ley de la termodinámica, el Universo tiende al caos. Quizá es por esa razón por la que todavía no me he decidido a dejar de respirar. Ojalá ese estado de confusión y desorden en que se hallaba la materia hasta el mismísimo momento de la creación del cosmos decidiera actualizar su estado en Facebook. ¡Ojalá! Me encanta esa interjección que expresa deseo legada por los árabes tras su exitosa dominación de ocho siglos. Pero sin embargo sólo la utilizo cuando escribo. Hace algunos años tuve un amigo que decía que cuando yo la pronunciaba sonaba como si estuviera «mamando semen con delectación y alegría». Desde entonces ya no tengo amigos, sólo conocidos.

En mi opinión, existir implica tener vida, estar o hallarse. Por lo que deduzco que no existir contiene ausencia. La ausencia no es más que un alejamiento, una privación o incluso una carencia de algo. Sin embargo ese «algo» no puede definirse más que como una «intensidad indeterminada» y, lo que no puede ser definido, tiende a ser impreciso e ilimitado. Si la limitación proclive a la restricción, el vacío en un anatema.