Email del 19 de junio 2015

Remedios Varo, Dolor,1948

Querida:

Gracias a la experiencia sensorial, francamente desagradable, que se sufre por culpa de la red de tejidos de origen ectodérmico denominados «sistema nervioso central», la mayoría de los mortales tenemos libre acceso a lo que fisiológica y morfológicamente llamamos dolor; es decir, esa terrible sensación aflictiva a la que tanto tememos y que para algunas religiones es sinónimo de paz espiritual y acercamiento a Dios. Poco importa que esa percepción angustiosa, ese efecto inútil y perturbador esté relacionado con una alteración de la salud o simplemente sea debido a un sentimiento masoquista, pues la mayor parte de humanos dotados con la capacidad racional para elegir y diferenciar entre lo bueno y lo malo o lo que nos conviene en cada instante, necesitan constantemente autoconvencerse de que están vivos y de que no son parte o protagonistas de una pesadilla (de la que esperan despertar en cualquier momento). El sufrimiento, la nocicepción y la percepción consecuente son los mecanismos esenciales que componen la fisiología de la aflicción y, gracias a ellos, dotamos a este complejo y elaborado fenómeno de diferentes alternativas para seguir sintiéndonos consecuentes con cada una de las diversas derivaciones que componen, constituyen y organizan la existencia.

Hay multitud de tratados, ensayos, libros, guiones e incluso canciones que dan fe de ello. A estas alturas de la tarde, me viene a la cabeza la inspirada letra de una canción compuesta a principios del siglo anterior titulada «Ay, ay, ay», escrita por el famoso e inclasificable binomio de compositores López-Perez, es decir, Gabriel López y Gerardo Pérez, autores de éxitos como «El mamporrero», «La mamporrera», «Los mamporreros» y «Cómo me gustaría ser la subespecie de una especie», temas que causaron furor en su época y que de alguna forma, definieron el pensamiento, la coyuntura o las alternativas de toda una generación de malditos resignados. Voy a tratar de recordar los versos que hicieron de esa célebre melodía un clásico indiscutible e imitado hasta la saciedad:

Ay, ay, ay, ay, ay.
Ay, ay, ay, ay, ay.
Ay, ay, ay, ay, ay.
Lo puedo sentir.
Lo debo sufrir.
Ay, ay, ay, ay, ay.
Ay, ay, ay, ay, ay.
Ay, ay, ay, ay, ay.
No puedo vivir.
No puedo morir.

(Estribillo)
Ouaaaaaahhhhhhhh
Ouaaaaaahhhhhhhh
Ay, ay, ay, ay, ay.
Ay, ay, ay, ay, ay.
Ay, ay, ay, ay, ay.
He decidido partir.
Ya no necesito huir.
Ay, ay, ay, ay, ay.
Ay, ay, ay, ay, ay.
Ay, ay, ay, ay, ay.
No debería mentir.
Me empiezo a aburrir.

(Estribillo)
Ouaaaaaahhhhhhhh
Ouaaaaaahhhhhhhh

Como verás, la cancioncita tiene su miga. Según algunos estudiosos contemporáneos, la letra fue compuesta por Gerardo Pérez algunas horas después de abonar tres facturas atrasadas debidas a la compra de un bureau de madera de pino; pero si hemos de hacer caso a las memorias del autor, publicadas en 1967, la composición fue el resultado de los continuos dolores menstruales de su tía Enriqueta, y sobre todo, de una aparición espectral de ésta, 18 años después de que falleciera de un ataque cardiaco al enterarse de que la fimosis era una anomalía masculina y no una infección producida por hongos, como ella creía.

Pero llegados a este punto, me vienen a la cabeza algunas preguntas fundamentales sobre el tema que trato en este desalentador texto de media tarde. Si no me las hago, es básicamente porque debería contestarlas, y no hay nada que odie más que responderme a mí mismo. Esquizofrénicamente hablando, las preguntas no son más que una demanda de información y las respuestas la reacción a esa demanda. Pero como una demanda no es más que una reclamación judicial contra alguien, si me pregunto y me respondo, al mismo tiempo me estoy metiendo en un pleito sin fin, por lo tanto creo que es innecesario plantearse cuestiones que de un modo u otro, fomenten la neurosis o puedan derivar en un peligroso trastorno somatoforme.

Lo que sí tengo claro es que existen 11.732 clases de dolores, ya sean totales o parciales. Enumerarlos todos sería una empresa desquiciante, sobre todo para mis dedos, que empiezan a sentirse hastiados de tanto teclear; por lo cual te voy a dejar frustradas las ansias de aprender, pero es un riesgo que se ha de correr cuando alguien se considera mi amiga y acepta interactuar epistolarmente conmigo. Por cierto, ¿sabías que el primer email que escribí, hace ahora 12 años, tenía lerele?