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| Andrew Wyeth (1917-2009) |
Hola:
Como me suele suceder de vez en cuando, esta noche ha sido otra fiesta del insomnio, así que he aprovechado para comer almendras y bayas de goji y revisar un par de films de Fassbinder. Al final, las almendras y las bayas me han sentado muy mal y las películas muy bien. Es curioso, en este periodo de mi vida todo es «muy»: muy importante, muy creible, muy demencial, muy deprimente. Nunca pensé que me haría tan amigo de un adverbio, ni siquiera en los sueños más osados; pero los hechos suceden porque necesitan ser testados por alguna clase de demonio psicomaniático que convive en el interior y al que nunca se debe llevar la contraria.
Entre la ingesta de frutos secos y el visionado del primer film, me he tomado unos minutos para pensar hacia dónde voy. Sé de dónde vengo, pues he recorrido ese camino varias veces en las últimas décadas, pero ignoro por completo qué es lo que se oculta tras la maldita línea. Podría hacer trampas ahora mismo y cruzarla antes de que llegara su hora, y entonces, quizá con un poco de suerte, cada uno de esos insolentes superlativos de significación que se ríen de mí con esa musicalidad argentina que tanto me horroriza, no tendrían el poder de continuidad que los hace tan detestablemente fuertes. Porque los apuñalaría para después decapitarlos y colgar sus despojos en la cima más alta de las cualidades peyorativas, esas mismas que se dejan intensificar como rameras.
Ahora, en estos mismos instantes, llueve dentro de mi cabeza; algunas gotas, las más audaces, intentan escapar transformándose en niebla.
Ahora, en estos mismos instantes, llueve dentro de mi cabeza; algunas gotas, las muy audaces, intentan escapar transformándose en niebla.
Ahora, en estos mismos instantes, llueve dentro de mi cabeza; algunas gotas, las muy audaces, intentan escapar transformándose en niebla.
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