Email del 11 de junio 2014

Paul Cézanne. The kiss of the muse (1859)

Hola:

Hasta ayer nunca releía lo que escribía, supongo que por eso continuaba escribiendo. Por alguna extraña razón esta mañana me ha dado por revisar unos viejos textos y como consecuencia, he estado a punto de saltar desde el balcón. Dicen que los cadáveres no pasan verguenza. Ese sentimiento ocasionado por la humillación sólo está reservado a los que creen que están vivos. A veces pienso que los muertos disponen de grandes ventajas y muy pocos inconvenientes. Entre éstos últimos el más importante es que no pueden escuchar a Peter Hammill, Frank Zappa o Sun Ra. Ni revisar una y otra vez los films de Bela Tarr, Alexander Sokurov o Krzysztof Kieslowski. Bueno, puede que existan bastantes razones para seguir manteniéndonos con vida, pero de igual modo, se me ocurren muchas otras para no despreciar definitivamente esa sublime perfección natural denominada muerte. Pero estoy alejándome del punto principal de este email que no es otro que el bochorno que uno puede llegar a sentir por su absoluta falta de talento. ¡Quizá debería dejar de escribir y dedicarme al contrabando de supositorios! Tú eres pintora. Mi pregunta es: ¿nunca has intentado rajarte las venas después de contemplar tus primeros cuadros?

Un buen amigo mío al que hace años que no veo, seguramente porque falleció en un accidente de coche en el verano de 1994, decía que excepto violarse a sí mismo, cualquier otro tipo de creación artística está condenada a la demencia. Y aunque en su día no podía estar más en desacuerdo con él, ahora empiezo a verlo todo realmente claro. Por supuesto no voy a violarme; soy demasiado fuerte como para dejar que mi otro yo me fuerce sexualmente, pero sí estoy convencido de que debería matricularme en una academia nocturna para estudiar cómo volverme loco en menos de tres meses. Quizá de esa forma aprendería a convivir con mis limitaciones.

No recuerdo donde leí que sólo los artistas que fumen Marlboro estarán en condiciones de alcanzar el Nirvana creativo. Creo que fue ojeando un catálogo de Philip Morris, aunque no lo puedo asegurar. De todas formas, esa estúpida publicidad no va tan desencaminada. Yo escribo mejor con uno o varios cigarros en la boca. Lo he comentado a menudo con mis colegas y casi todos me dan la razón y, de paso, me piden un cigarrillo. Uno de ellos, sepulturero de profesión, ha llegado incluso a afirmar que cuando fuma ve preciosa a su mujer, pero que cuando no lo hace, le parece un monstruoso espantajo. Lo curioso del caso es que este tipo no está casado, es gay y además no fuma.

Llegados a este punto no puedo dejar de pellizcarme, pero tampoco puedo dejar de hacerme algunas preguntas para las que todavía no he encontrado ninguna respuesta: ¿Para qué sirve expresarse artísticamente? ¿Qué cojones significa la palabra «emoción»? ¿Es más importante la obra que su autor? ¿Es aconsejable obviar la belleza en pos de la subjetividad? ¿Existe una conexión entre obra artística, voluntad, intelecto y espíritu? ¿Por qué se le da tanta importancia a la inspiración basada en los sentimientos? ¿Dónde se esconden las musas?

Un saludo