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| Michelle Charles. Even fly has a soul |
Hola, amiga mía:
Un día de 1935, a la beata María Faustina Kowalska se le apareció cierto ángel del cielo, evidentemente desocupado, y le ordenó que en adelante se le rezara todos los días usando un rosario común de cinco decenas de cuentas. Después de despedirse de la santa, el ángel se enfundó unos pantalones negros de cuero y se largó a una discoteca. Te preguntarás, y no sin razón: ¿una discoteca y pantalones de cuero negro en 1935? Querida, el mundo de los serafines no tiene lógica y no está supeditado a la razón, tal y como sucede con nuestro universo terrenal. Si yo te digo que ese elemento angelical se enfundó unos pantalones de tubo, fabricados con cuero de primera calidad y tintados de un precioso color negro ala de cuervo… tú debes creerlo, porque no gano nada inventando historias como esa. Y si no me crees consulta la vida de esa santa en Google. Por supuesto, la parte de la disco estará censurada, porque así lo promulgó el Papa Pío XII (alias, Eugenio María Giovanni Pacelli) en una famosa encíclica titulada «Angeles numquam fun» y retocada por Pablo VI (Aka Giovanni Battista Montini) en 1973.
Te escribo estas líneas desde un hospital (alias, nosocomio). ¿Te gustaría saber cómo he llegado hasta aquí? Te lo contaré de la manera más rápida que pueda, pues en unos minutos me tienen que hacer una espirometría.
Todo comenzó ayer. Después de desayunar un zumo de naranja natural y una tostada carbonizada con mermelada caducada me senté frente al portátil en el sofá del comedor, dispuesto a continuar escribiendo un relato corto al que hasta esta mañana titulaba «Sin título». Mientras trataba de imaginar de qué forma podía salvar de un desgarramiento testicular al protagonista, una mosca bastante gorda, decidida y pesada intentaba sacarme de mis casillas correteando por mi cara o por la espalda desnuda. Al principio no me dejé llevar por sus excesos y todo iba bastante bien, pero a la media hora decidí que o el díptero o yo, uno de los dos, sobraba en la casa. Como espantarla con la mano no surtía ningún efecto, es más, yo creo que incluso la envalentonaba, decidí quedarme quieto como una víctima de la Gorgona y atizarle con el puño cuando se posase encima de mí. La mosca no era tonta, pues sólo aterrizaba en las partes de mi anatomía a las que no llegaba mi mano, por lo que en un acto de genialidad resolví que la mejor forma de mandar al infierno a semejante insoportable ser era con un insecticida concentrado. Buscando en el armario encontré uno cuya etiqueta indicaba claramente que tenía una nueva fórmula de acción instantánea y prolongada, así que rocié todo el salón con dicho veneno mientras yo salía al pasillo a esperar la defunción del maldito insecto. Al cabo de unos 20 minutos regresé a la estancia fumigada y me senté de nuevo en el sofá con el laptop sobre las rodillas. Durante los primeros 30 segundos no advertí nada reseñable, si exceptuamos un repentino picor de ojos que no duró demasiado, por lo que algo así como un ictus cabrón transformó las comisuras de mis labios convirtiéndolas en una sonrisa doble V (viciosa y victoriosa). Pero justo en el instante en que me sentía reconfortado por el asesinato, la mosca demente se me posó en la punta de la nariz y movió levemente el segmento abdominal. Poniéndome bizco pude ver su cara de triunfo mientras se acicalaba las alas con extrema parsimonia. Incluso -y esto si no quieres no te lo creas- defecó en mi napia y luego se puso a volar coqueta frente a mí, sabiendo que su éxito acabaría por consumirme lentamente. Mientras me limpiaba la mini-hez con el envoltorio de un caramelo de café con leche, llegué a la conclusión de que merecía morir de una forma sádica y cruel. Al principio pensé en quemar el barrio, pero pronto llegué a la conclusión de que muchas moscas inocentes también perecerían, así que tras unos minutos de reflexión y desconcierto, decidí que la idea del flit no era tan mala, sólo que debía llevarla hasta el extremo. Cerré todas las ventanas que daban al exterior y vaporicé todo el bote del tóxico. En unos segundos el oxígeno desapareció y una neblina ponzoñosa oscureció el ambiente.
De repente desperté. Miré a mi alrededor y vi a varias enfermeras desplazándose alarmadas. Como esa visión no era agradable, pues estaban vestidas, me dediqué a contemplar mi cuerpo en posición horizontal sobre una camilla. Varios tipos tiraban de ella con prisa. Uno de ellos, el más alto, no paraba de gritar: «¡Que se nos va. Que se nos va! ¡Rápido!» Mientras me llevaban a la UCI (o puede que fuera a la UVI) pude ver lo que me pareció una mancha negra agitándose sobre el dorso de mi mano. Pero las manchas negras móviles no hacen cosquillas… ¿Imaginas quién era?
Estoy en la habitación 334 del tercer piso de Hospital Clínico de Valencia. Un tipo de aspecto agraciado pero con un bulto de grasa del tamaño de un albaricoque en la mejilla y que, según puede leerse en la etiqueta de su bata, es doctor, me ha confirmado que casi la palmo. Mientras me lo decía, no paraba de mover sus brazos como si fuera un pulpo enajenado. Lo has adivinado: la puta mosca estaba allí y el galeno trataba de ahuyentarla sin conseguirlo. Mientras lo hacía, algo parecido a un instante de felicidad suprema ha caldeado cada una de mis venas principales.
Un besazo
