Email del 25 de julio 2013

Pierre Bonnard. Tall nude (1906)

Querida:

La mayor parte de las veces que hablo con un amigo o conocido sobre mujeres acaba de la misma manera: a gritos. La verdad es que no es uno de mis temas preferidos para discutir con otro hombre, sobre todo si éste es uno de esos que se autodenominan «macho» y que suelen hacer del arte de la fornicageración (fornicación + exageración) un dogma. Generalmente, este tipo de individuos no comprenden la razón por la que prefiero a las maduras, o por lo menos, treintañeras, en lugar de las jovencitas. Para no demorar demasiado la cuestión suelo responder que es por conveniencia, ya que las maduras no conservan su vista en perfecto estado y de esta manera no pueden reparar en mis abundantes imperfecciones. Claro que a veces salgo por otro lado y simplemente les respondo que con las maduras uno no tiene que intentar batir records, y de esta forma, poner su vida en peligro a cada orgasmo. Pero la verdad es completamente diferente. No me gustan las mujeres menores de 40 años, porque salvo excepciones, sus conversaciones post-coitales dejan mucho que desear (se preocupan más por la forma que por el contenido) y, además, no les gusta que cuente chistes justo en el momento en que están fingiendo que llegan al éxtasis. Y yo adoro desconcertar…..

Podría estar media hora enumerando algunas otras razones, pero tengo otras cosas más importantes que hacer, como prepararme una planta abundante o regar el almuerzo. Durante toda mi vida, siempre he estado con mujeres de mi edad, o unos pocos años de más o de menos. Ha habido excepciones a esta regla, por supuesto, e incluso alguna de esas excepciones es todavía amiga o enemiga mía. Es posible que cuando cumpla los 70 me permita despedazar esta norma, coleccione tangas de dieciochoañeras retrasadas mentales y los luzca colgados en el manillar de mi tacatac. No sé. Es tan difícil imaginarse el futuro. Lo que tengo muy clarito a día de hoy es que los preservativos son necesarios y los orgasmos carísimos (¿o es al revés?).

Tuve mi primer orgasmo a los 12 y el último dos días antes de que cumpliera los 87. Durante el periodo de tiempo comprendido entre ambos, maduré y llegué a asimilar un sinfín de lecciones fundamentales que trastocaron mi percepción de los hechos, de las cosas. Ahora estoy muerto y enterrado. A veces noto las lágrimas de mis padres y de mis hermanos en la superficie de la tierra donde, unos pocos metros abajo, descansa mi féretro descompuesto por la humedad. No sé si lloran de pena o de alegría. Pero, ¿existe una forma de distinguir ambos sentimientos sin experimentar unas terribles ganas de descojonarse?

Un besazo