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| Egon Schiele. The self seers death and man (1911) |
Hola:
Veo tantas veces su rostro reflejado en cada objeto, cada lugar o a donde quiera que dirija la mirada, que no puedo dejar de sentir convulsiones violentas en la mayor parte de los músculos de mi cuerpo y una especie de ahogo o sofoco, que empaña la absoluta totalidad de las horas en las que estoy despierto. Pero por la noche, esas visiones adquieren un poder inusitado, y la aflicción combinada con los sueños, me sumergen en una vorágine de dolor lancinante inextricable que sólo cesa cuando me abandono entregando mi psique malherida a las caricias desproporcionadas del Diazepam o sus derivados. En esos momentos, mi cuerpo y mi mente están más cerca de la muerte que de la vida, y ya nada me importa demasiado; ni siquiera esa tiara de oscuridad enfermiza que insensibiliza los breves instantes que dedico al ensimismamiento y la abstracción.
Mientras analizo los palimpsestos en los que está grabado mi pasado, no puedo dejar de sentir un estremecimiento cuando observo que lo he malgastado de una forma estúpida, innecesaria e infantil, trocando el esplendor memnoniano que me fue entregado por mis ancestros, en vacuidad rebuscada, gratuita y afectada. Es tan fácil dejarse llevar. Resulta tan cómodo echar las culpas al carácter. Me he comportado como el escorpión durante tantos años, que incluso estoy convencido de que ya no existen las ranas. Y sin batracios a los que picar, ¿para qué sirve la ponzoña? Quizá debería replantearme la situación, el conjunto de circunstancias que condicionan los hechos, la relación o correspondencia entre estos y mi naturaleza limitada.
Intento imaginar que ya no existe, que nunca ha significado nada, pero no puedo seguir mintiéndome, pues mientras fabrico esas falacias a la carta, su rostro sigue perturbando el orden y el estado de mi infelicidad. Podría…¡Sí!, pero no sería justo ni con ella ni conmigo, ni siquiera con la imperceptible señal que me permite acomodar los hechos en la situación necesaria para lograr un único y determinante fin.
Un abrazo
