![]() |
| Henry Fuseli. The nightmare (1781) |
Antes de abrir la puerta sabía que era R. quien estaba al otro lado, pues su llamada es característica y jamás la cambia o renueva. Cuando le saludé noté algo extraño en su rostro, y aunque al principio no sabía de qué podía tratarse, pronto me di cuenta de que su sonrisa, semiflosculosa y flordelisada, era distinta a la que luce habitualmente, más epifragmática o lemniscada, y desde luego, menos connatural que la que le ocupaba la mayor parte del rostro.
—¡Greg! ¡Ayer definí un propósito!
—¿Cómo dices?
—Te lo juro. Ayer delimité un propósito. Un propósito de transformación personal.
—¿Quieres decir que llegaste a la conclusión de que debías cambiar como individuo?
—¡No, no, no! ¡Lo construí! ¡Con mis gpropias gmanos! ¡Estas manos fur… gfuertes que van a… a…
—¿Te encuentras bien, muchacho? Te noto muy raro.
—¿Tú también te has dado gcuenta, verdad?
—¡Sí, desde luego! ¡Siéntate en el sillón y cuéntamelo…!
—¡No! ¡En el sillón, no! ¡En el sillón, no! ¡Quiero gsentarme sobre el ordinario!
—¿El ordinario? ¿Qué cojones te has tomado, tío? ¡Siéntate en esta silla y…!
—¡No! ¡En el silla, no! ¡En el silla, no! ¡Quiero gsentarme sobre el ordinario de la Santa Misa! ¡Quiero gsentarme encima de Dios! ¿Greg, tú crees que estará blandito?
—¿Blandito?
—¡Dios! ¡Dios! ¡Dios!
—Desconozco por completo si Dios está duro o blando, pero creo que voy a acompañarte al hospital ahora mismo…
—¡Quiero gsentarme sobre cada uno de los que gcomponen la asamblea plenaria del episcopado! ¡Y sobre… los glibros…! ¡Los libros litúrgicos! ¡Y sobre la transubstanciación! ¡Y encima de la gggemoción! ¡La emoción de un niño que huele por primera vez una alpargata vieja! ¡Y los opérculos! ¡Los gpeces tienen opérculos! ¡Mi gsuegra también…! ¡Esa maldita fille de joie! ¡No, nunca volveré a gdesistir! ¡nunca volve… gvolveré a…
En ese instante sus 90 kilos de carne, imbecilidad y lloriqueos aberrados se derrumbaron sobre el suelo emitiendo un ruido que me recordó al que produce un muslo fósil de quetzalcoatlus cuando lo arrojas sobre un conventículo no programado. Lo primero que se me pasó por la cabeza fue descuartizarlo, empujar sus trozos por el balcón y atrincherarme en casa cuando viniera la policía, pero después de pensarlo con cierta racionalidad decidí que lo mejor que se podía hacer en estos casos era despertarme de la alucinación enfermiza en que se había convertido el sueño.
Y desperté. Eran las cuatro de la mañana. La sábana bajera estaba tan mojada como una larva de rana y el edredón descansaba hecho un guiñapo sobre el parqué. Me levanté como pude, recogí el cobertor y lo deposité encima de la cama. Mientras intentaba pensar en si era preferible ponerme a hacer cosas o volver al catre -y con un poco de suerte a otro sueño mucho menos espeluznante- noté que estaba empalmado. Decidí desempalmarme y para ello usé una revista guarra antigua y mi mano diestra. Cuando me dirigía al aseo a lavarme algo se introdujo dentro de mí por una narina. En menos de 10 minutos esa cosa me transformó en una cazuela casi llena. De repente, volví a despertarme. Y unos pocos minutos más tarde me desperté de nuevo. Y media hora después me redesperté. Y nuevamente me desperté y redesperté en siete ocasiones. A la octava, comprendí todo y decidí que jamás en mi jodida vida volvería a cenar en un restaurante nigeriano.
