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| Giorgio de Chirico. Philosopher and poet (1916) |
Querida:
Isidore Lucien Ducasse, o lo que es lo mismo, el conde de Lautréamont, afirmaba que «la poesía debe ser hecha por todos», sin embargo cada vez que presento a los editores una colección de poemas surgidos desde lo más profundo de alguna de mis tres válvulas de Houston, me lo devuelven aduciendo que lamentan no haberlo podido leer, y por lo tanto valorar, porque desde hace unos meses casi todo el personal de la empresa padece unas brutales jaquecas con aura del troncoencéfalo, pero que si quiero puedo volver a enviar cuantos textos me apetezca en un par de décadas, y entonces podríamos sentarnos a la mesa y hablar (sic). Hace un año aproximadamente me confesaste que leer mi poemario no publicado Las varices de Rufina (también llamado Las insuficiencias venosas crónicas de Rufina) era una de las mejores cosas que te habían sucedido en la vida, y aunque me lo revelaste después de haberte tomado 14 cubalibres, yo te creí. No me importó escuchar tus risotadas, te creí. ¡Y te sigo creyendo! Porque a mí me sucede lo mismo. Estoy convencido de que es uno de los volúmenes poéticos más importantes del último milenio.
Y aunque creo firmemente que jamás publicarán mis versos, en realidad ya no me importa demasiado, porque sé que soy un baquiano excepcional, el mejor, el más grande, el que mejor escribe, el que menos queismos o dequeismos comete, el más talentoso y además un fornicador digno de una peli porno de Mario Salieri. ¡Lo tengo todo en la vida! Excepto mis poesías editadas y manteniéndose en el Top 10 de Fnac durante lustros.
Para terminar, me gustaría hacerte partícipe de lo que un ser tan fascinante como yo puede llegar a sentir cuando el mundo exterior le niega las loas y en su lugar lo acoquinan con diatribas absurdas e inconsistentes. ¡Tenesmo existencial! Pero por fortuna entre mis incontables virtudes se encuentran la resistencia, la entereza, la energía, la resignación y la distensión abdominal.
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