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| Edvard Munch. Encuentro en el espacio (1899) |
DIARIO PERSONAL
Miércoles 18 de septiembre 2019
Ayer por la tarde fui a visitar a mi madre a la residencia. Nada más verme me dio un beso, me dijo que se alegraba mucho de que la visitara con tan poca asiduidad y me arreó una patada de kárate en la cabeza que me hizo tambalear durante algunos minutos. Cuando le pregunté la razón de semejante Nameashi geri solo me contestó que un auxiliar se la había enseñado el día anterior y quiso entrenarse con alguien tan «poco resuelto» intelectualmente como yo. Al cabo de tres cuartos de hora, y justo después de despedirme de ella con los besos y abrazos de rigor, sentí otra tremenda patada, esta vez una Mawashi geri realmente brutal en el trasero. Cuando me giré pude contemplar la sonrisa resplandeciente de mi progenitora mientras se despedía de mí agitando la manita.
Nada más salir de la residencia geriátrica me dirigí con notable velocidad a la casa de Juanita Parra. En su espaciosa y soleada terraza solemos reunirnos todos los martes y jueves de 12:00 a 14:00 horas unos cuantos cincuentones para ensayar el tercer movimiento del oratorio homofónico coral compuesto por mí y titulado Materia residual fecal existencial. Una vez terminamos de asustar al vecindario me largué despidiéndome de todos con dos besos y me metí en el primer restaurante que me pareció limpio y con aspecto de servir comidas similares a las que en otros tiempos preparaban mis abuelas Rufina y Narcisa. La camarera que me atendió ceceaba y me costó un montón entenderla, pero al final me decidí por un entrante de paté casero de Boletus eduli, seguido de una magnífica ensalada de espinacas, pimiento asado, huevo duro, cherrys confitados y piñones y un plato a rebosar de arroz meloso de mar y montaña con gambones y caracoles.
Sobre las 16:00 horas, mientras caminaba hacia mi casa, recordé que todo lo que somos, parecemos, vemos o incluso nos cuentan, no es más que una jodida mentira e intenté arrancarme los ojos. Me lo impidió un tuerto que casualmente pasaba por allí y terminé en el cuartelillo de los picoletos, donde un tal sargento Bermúdez intentó convencerme de que «la vida es bonita y está llena de mujeres, toros, motos y coches». Pasadas cuatro horas y media tuve que prometer al sargento Bermúdez, al cabo primero Rodríguez, al cabo Ramírez y al psicólogo de guardia Domínguez que no volvería a hacer gilipolleces y consintieron en que me largara a casa.
Y desde mi casa garrapateo todo esto. Podría haber escrito perfectamente todo eso o todo aquello, pero he creído que solo existe una única verdad. Desde luego, como verdad es absolutamente tediosa y desesperante, quizá por esa razón he estado a punto de endulzarla un poco con pequeños acontecimientos y situaciones más o menos ficcionales. Afortunadamente al final se ha impuesto la cordura y he tenido los suficientes yarboclos para redactar todo tal y como no debería haber sucedido.
Greg DeLarge
