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| Theophile Steinlen. Black cat (XIX cent) |
Creo que alguna vez debería tratar de explicar cómo se preparan los tradicionales Gurgurros de Benimaclet, esos sabrosos pastelitos inventados en el siglo XVI por san Gurgurro del médano, también llamado Gurgurro el Adocenado. Pero hasta que ese instante caiga como una abuela gorda y decida transformar esta indómita, misántropa y umbrosa bitácora en una de cocina, más o menos prostituida y maleable, todavía me tiene que apalizar la existencia unas doscientas, trescientas o cuatrocientas veces más. Y poco me importa que blogueras famosas y sumamente influyentes me tienten con ilimitados masajes prepuciales. ¡Soy un sujeto incorruptible! Y no solo eso, además soy exfagotista y contrafagotista, aunque no creo que a nadie le importe demasiado qué clases de lengüetas dobles (aprisionadas en diferentes tudeles) me meto en la boca para intentar aguantar tanta insensatez externa. Porque como le sucede a las terneras, la música de los instrumentos de viento fabricados con maderas nobles tiende a transformar mi agresividad intrínseca en armonía ecuánime.
Mientras trato de escribir qué es lo que siento, cómo lo siento, y dónde lo siento, mi gato Graymalkin trata de encabronar a mi sapo Paddock para que secrete la mucosidad lechosa repleta de toxinas ponzoñosas de las glándulas parótidas (con mecanismos de acción semejantes a los producidos por la dietilamida de ácido lisérgico) y así poder lamerla y ponerse total y desquiciadamente ciego. Porque solamente intoxicado y alucinado es capaz de sentirse lo suficientemente fuerte como para aguantar la insolencia explícita de los roedores que se esconden detrás de las paredes huecas y debajo del falso suelo laminado adquirido en Ikea.
