Email del 20 de septiembre 2019

Pieter Bruegel. Pissing against the moon (1558)

Querida:

Dos ancianas que fácilmente rondarían los 90 años conversaban acerca de las pocas medicinas que les recetaba su médico mientras aguardaban su turno en la sala de espera del centro de salud. Al lado de la que parecía la decana de las brujas nonagenarias permanecía en actitud poco complaciente un niño de no más de siete u ocho años que jugaba con lo que unos años antes debió ser un bonito avión de juguete.
«Su bisnieto», exclamó la más joven de las dos mientras trataba de demostrarse a sí misma que si quería podía dejar de ser una mera lugarteniente, «su bisnieto se está metiendo ese juguete por el… por, ejem, por el culete». Y era verdad, el maldito niño se había bajado los pantalones y los calzoncillos mientras su bisabuela estaba distraída, e intentaba sin demasiado éxito introducir un ala del Boeing 747 por su trasero.
Justo en el instante en que su bisabuela le subía los pantalones y trataba de asfixiarlo metiéndole el avioncito por la boca, decidí dejar de seguir esperando en la cola y opté por largarme de aquel lugar y meterme en un garito de punkis que estaba ubicado a menos de 30 metros de distancia y que ya conocía por referencias.
Cuando el camarero, que era el único habitante del lugar en esos instantes, y que iba vestido con andrajos semejantes en color, diseño y textura a una o varias deposiciones excrementales de manatí silvestre, me preguntó que qué recontracojones quería (sic), yo le respondí que una Coca-cola zero, «s’il vous plait».  El tipo la dejó caer sobre mi parcelita de barra como si fuera una miniatura del dispositivo nuclear Fat man (o quizá Little boy) y se dedicó a escrutar mis ojos de la misma manera que lo haría un quilópodo de la subclase Anomorpha sobre un oligoqueto de la especie Lumbricus terrestris (subespecie agricola), mientras me obligaba a pagarle en ese mismo instante. Supongo que no se fiaba de mí porque yo llevaba muchos más tatuajes que él, o simplemente estaba tratando de demostrar quién de los dos atesoraba menos categoría.
El caso es que tras pagar al imbécil me entraron ganas de pegar al imbécil. Y así lo hice. Después de golpearlo repetidas veces me bajé la bragueta y le eché una meadita caliente sobre la cara. En ese instante entró por la puerta el famoso actor de cine X especializado en lluvia dorada, Alberto Galán, que para solidarizarse conmigo me ayudó a mojar al gilipollas. Cuando acabamos de miccionar, ambos nos lavamos las manos en el aseo, y cuando convenimos que estaban limpias y sin rastros de gérmenes, nos las chocamos efusivamente y nos largamos cada uno por su sitio.

Podría seguir narrándote lo que hice el resto de la jornada, pero francamente, no me sale de los cojones.

G