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| Antonio López. Los melocotones y las rosas (1956) |
Endopterygota.
Hace bastantes años que las mosquitas pertenecientes al género Drosophila defecan sobre el grifo de la pila de mi cocina. Al principio no sabía qué eran esos puntitos blancos del tamaño de un cuarto de cabeza de alfiler hasta que un día pillé a una in fraganti. Durante unos instantes estuve tentado de aplastarla con un manotazo, sin embargo le permití que siguiera expulsando tranquilamente sus excrementos. Cuando emprendió el vuelo cogí una servilleta de papel y limpié su deyección. Desde entonces limpio todas las deposiciones, aunque antes las examino minuciosamente para calcular la edad y estado de salud de sus autoras. Llevo un registro sistemático de cada una de sus múltiples motivaciones, de cada cambio de actitud e incluso de sus localizaciones. A veces las alimento con una papilla compuesta por puré de patata, levadura de cerveza, vinagre y agua. Otras simplemente les doy acceso ilimitado al cajón donde guardo la fruta. No les pongo nombre porque sus vidas son extremadamente cortas, pero soy capaz de distinguir entre sus linajes. Recuerdo el día en que un arácnido gordo y lustroso del tamaño de un guisante tirabeque se balanceó como un artista del hambre no necesariamente kafkiano y se zampó a una de mis protegidas. Decir que se apoderó de mí algo similar a ese estado de furia homicida que solo serían capaces de originar la colisión de dos o más bestias mitológicas sería quedarme corto, porque en esos instantes mi deseo de venganza se multiplicó, o se potenció, o se factorizó, o simplemente se reajustó como los átomos de una molécula, y enseguida supe que la araña tenía las horas contadas. Pero por alguna razón que desconozco le perdoné la vida. Después de medirla, pesarla y alimentarla con cochinillas y pulgones le otorgué plenos poderes para hacer y deshacer, así yo tendría mas tiempo para llegar a una conclusión acerca de la…
Murria.
¡Algo me está sucediendo! No entiendo demasiado sobre alteraciones químicas, veleidades subliminales o pampiroladas cósmicas, pero sé que la aflicción me está desleyendo por dentro. ¡Nada está donde lo dejé en su momento! O quizá es lo contrario y todo permanece en su emplazamiento primigenio, por consiguiente no ha sido sometido al movimiento circular que transforma los acontecimientos ordinarios en experiencias extraordinarias. Y mientras el tiempo se desacopla del espacio con un movimiento aberrante y omnimodo, yo sigo esperando que suceda algo, cualquier cosa. Pero como todas las jornadas se me antojan semejantes he decidido subir lo más alto posible y desde esa ubicación arrojarme en el interior del…
Báratro.
Mi areca está torcida. Si no es mi palmera, entonces es la habitación la que está inclinada. También cabe la posibilidad de que sea yo el culpable, pues estoy completamente ajumado. O puede que el planeta se haya ladeado de repente. Incluso es factible que nuestra galaxia en espiral esté comenzando un proceso irreversible. Aunque yo creo que todo se debe a que estoy acostado en posición decúbito prono. Podría estar tumbado en posición decúbito supino o decúbito lateral, pero actualmente no son tendencia. Además mi tabuco es inaccesible y mi sicastenia mítica. De todas formas puedo adelantar que entre mis planes más inmediatos no se encuentra modificar la postura, aunque eso implique soportar los padecimientos intrínsecos del melocotón, que es como el urólogo con aspiraciones de frutero definió el tamaño de mi próstata.
