Email del 10 de junio 2011

Balthus, «La rue» (1933)
Un poco de pseudo-filosofía de baratillo (un ejercicio de ficción con un toque escatológico)

Vivir no sólo es duro e inútil, sino que además es un acto de tan tremenda irresponsabilidad que raya la demencia. Es denigrante mirarnos al espejo y encontrarnos reflejados pero, al mismo tiempo, si no lo hacemos corremos el riesgo de afeitarnos una oreja o verter unos miligramos de pomada antiarrugas en el cristalino. Particularmente, contemplar ese reflejo todos los días no me hace ningún bien: veo a un farsante repleto de granos e impurezas; advierto que él me escruta desde ese lado. Trato de no darle importancia, pero sus ojos me molestan, están cansados e intuyo cierto peligro.

Caminar y dejarse llevar por las ensoñaciones es un terrible ejercicio de valentía que puede llevar al caminante a un nivel de trastorno irreparable al volver a la realidad; por eso, excepto a tipos como yo -que ya han vuelto varias veces del otro lado y que incluso ejercen de gurús entrópicos-, no recomiendo a ningún mortal nacido de vagina que lo practique. No sólo es contraproducente para el cuerpo y la mente, sino que además puedes correr el riesgo de que te atropelle una bicicleta. Es preferible sacar tres palmos de lengua e introducirla en un cepo para ratas. Obtendremos más placer del dolor físico que se produce con la ratonera del que obtendríamos contemplando el vuelo de mariposas de color irisado o ancianas achacosas cruzando una calle.

Hace unos veinte minutos que he vuelto de mi paseo matutino. No he visto ninguna mariposa pero sí un abejorro. Cansado de escuchar el ruido que producen los coches y las articulaciones de los ancianos he decidido sentarme en un banco de madera, extrañamente limpio, oculto por la sombra de un falso banano. Al poco rato, un par de viejecitas se han sentado a mi lado y han comenzado una charla enajenada que a continuación transcribo:

ABUELA 1 (pelo blanco, 534 arrugas): Y le han extirpado todo. ¡La han vaciado completamente!. Con lo joven que es….
ABUELA 2 (pelo rubio teñido, 23 arrugas): ¡Uy, uy, uy!
ABUELA 1: Sí hija, las desgracias nunca vienen solas. Ahora que levantaba la cabeza después de lo de Gerardo….
ABUELA 2: ¡Bernardo!
ABUELA 1: ¿Bernardo? ¡Es Gerardo!
ABUELA 2: ¡Uy, uy, uy! Llevo 15 años llamándole Bernardo!
ABUELA 1: Pues no, se llama Gerardo, bueno, lo que te decía, después de lo de Gerardo y sus mentiras, ahora tiene que pasar por esto. ¿Sabes que Felisa no sabe nada de…?
ABUELA 2: ¿Felisa? es Elisa, ¡Elisa!
ABUELA 1: ¿Qué me dices? Pues yo siempre la he llamado Felisa….
ABUELA 2: Pues se llama Elisa.

A estas alturas de conversación, he sentido unas ganas irrefrenables de tirarme un pedo muy sonoro para poner punto final a semejante locura, pero el caballero que se esconde tras mi armadura ha optado por levantarse y poner los pies en polvorosa. Ahora que garrapateo estas notas inconexas, pienso que debería haber optado por las flatulencias anales, de todas formas, ya es un poco tarde para volver atrás (en todos los sentidos).

Bueno, ya me he cansado de pseudo-filosofar, creo que ahora voy a optar por sacarme el pene y mirarlo un rato.