Email del 5 de Agosto 2011

 José Ribera, «La mujer barbuda» (1631)

Querida amiga:

El 14 de abril de 1931 una chinche de cama (Cimex lectularius) picó a alguien en Badajoz. No me preguntes cómo lo he averiguado porque es un secreto y no puedo delatar a mis fuentes. Además, estoy en condiciones incluso de aventurar el sexo de dicho hemíptero: era hembra, pues los machos son menos atractivos. Ahora bien, si te preguntas por qué escribo sobre las manías de las chinches pacenses durante el primer día de la segunda república española, la respuesta es clara y cristalina: porque me apetece, ¿acaso yo te pregunto alguna vez, el porqué de tus actos? ¿acaso me río de tus respuestas? ¡¡¡!!! Perdón, perdón, te contaré un secreto: tengo la regla.

La mayor parte de los hombres y su compañera la testosterona no estarán de acuerdo con mis próximas palabras y posiblemente a algunos, después de acabar de leerlas, les apetecerá que me coma una adelfa sin aliñar.  Pero no me importa. Los hombres por muy masculinos y viriles que sean o se sientan también sufren un periodo cada cierto tiempo; desde luego no es un ciclo menstrual pues salvo mi tío Manuel, los machos no suelen ovular, pero sí se puede hablar de un ciclo mental que nos hace retroceder al centro neurálgico de la estupidez más absoluta, es decir, cada cierto número de días varoniles tenemos un par de jornadas infantiles, candorosas y pueriles; algunos tipos incluso llaman a su mama en sueños, mientras otros hacen calceta en el wc para no ser descubiertos. Hace unos años una buena amiga mía me relató 5 horas de su marido mientras estaba en uno de esos días:

» […] a las 5 de la tarde me dijo que se iba a jugar futbol con los amigotes pero como se dejó el equipo en casa me imaginé que tendría una amante y lo seguí. Caminó durante hora y media hasta llegar a un edificio viejo y poco lustroso donde entró. Intenté seguirlo a distancia pero lo perdí cuando tomó el ascensor, así que decidí esperar en el portal a que saliera. Mientras esperaba, me había hecho con una piedra del tamaño de un centollo adulto que pensaba tirarle a la cabeza. Después de lo que me pareció un año pero que en realidad sólo fueron 45 minutos, vi salir a lo que creí era mi conyugue, aunque los pantaloncitos cortos, el baberito y la piruleta que llevaba en una mano en principio me hicieron dudar. ¿Se había convertido Roberto en un niño de 7 años? Porque ese era exactamente el aspecto que ofrecía. Cuando grité su nombre y me vió con cara anonadada, empezó a correr con tan mala fortuna que la piruleta se le soltó de la mano y fue a aterrizar en el ojo derecho del portero al que hirió gravemente»

Estoy en condiciones de probar que este cambio no es un caso aislado, podría citar sucesos análogos cotorreados por amigas y enemigas que pondrían en entredicho la supuesta madurez del género masculino; sin ir más lejos podría contarte cómo reaccioné yo mismo el día que una ex-novia me regaló un reloj de pulsera cuando lo que yo realmente deseaba era un peluche de foca monje, pero no tengo ganas de rememorar hechos hirientes; aún hoy me entran ganas de estrangularla con las tripas de un zarajo de Cuenca cuando la veo por la calle: está claro que nunca tendré ese peluche a menos que lo robe.

No sé porque te cuento esto, quizás porque te conozco y estoy seguro de que tu magnanimidad femenina comprenderá al niño que escondo, o puede que sea un vano intento de dotar al bíceps masculino de cierta gallardía infantil que, lejos de menospreciarlo y subestimarlo, lo ensalce hasta cotas insospechadas de grandeza encubierta, pues no olvidemos que hasta los más grandes diseminadores de semen tuvieron su época de inocencia y exteriorización. Incluso Rocco Sigfredi tuvo una etapa en que desconocía por completo el valor objetivo del esperma. Es posible que un varón adulto mida su valor en esta sociedad en función de sus erecciones, pero también es comprensible que en ciertos momentos de lucidez lunática prefiera las caricias de una madre antes que una felación virtuosa de su pareja o amante.

Podría seguir con esta disertación hasta el infinito y más allá pero no sería una buena idea; ahora mismo noto el macho hispánico que llevo dentro de mí con ganas de salir y pegarme una paliza; intento contenerlo pero no me perdona lo del peluche de foca. Voy a prepararme un zumo natural de pera  y ciruela que sé que lo calma durante un rato, aunque si quiero tenerlo sojuzgado durante más tiempo tengo que mojar un chupete en coca cola, introducírmelo en la boca y empezar a succionarlo hasta que el pezón de goma se asemeje a una pasa aplastada.

Un beso