Querida amiga:
Cuando estoy depresivo o cuando las cosas no funcionan como era de esperar, siempre viene a mi memoria una frase de mi amigo David Lisardo: «Lo disfuncional alimenta». Cuando lo conocí, hace más de 30 años, David era tanatopractor de équidos; algunos años después, dejó ese trabajo y se metió en un ataúd de madera de roble con un tapizado abullonado y forma semiredonda, pues falleció al intentar contener la respiración cuando asistía como público a un concurso de flatulencias. Aunque no te he hablado nunca de él, más que nada porque me gusta recordarlo con su sonrisa babosa en la cara y no con el color amarillento que le dió el tanatopractor de humanos, puedo asegurarte que hasta el día de hoy ha sido mi máxima influencia; su serie de escritos sobre la naturaleza e idiosincrasia de la coliflor todavía no han sido superados y me honra que en la dedicatoria para la primera edición estuviera mi nombre detrás del de sus perros «Incitatus», «Yago» y «Pimentón».
Te cuento estos recuerdos básicamente porque tengo la necesidad de contárselos a alguien y, hoy por hoy y si exceptuamos a las dos moscas comunes que revolotean por mi habitación, tú eres mi única amiga y la única de las tres que sabe escuchar sin emitir un zumbido de aprobación gratuito, pues ya sabes que odio que alguien me dé la razón por el mero hecho de quitarse un pelmazo de encima (o de debajo).
Podría contarte cómo me siento; podría relatarte lo que pienso en estos instantes, pero la pereza es superior a las ganas y a la fuerza de voluntad, por lo que he optado por dejar que tú misma te lo imagines. Ahora voy a tumbarme en la cama con el ventilador dirigido a mis axilas; tendré que forzar la postura y es posible que mi espalda sufra, pero no me importa demasiado; a los que debería importarles es a los fabricantes de desodorantes que juran y perjuran que funcionan durante 48 horas, pero esa es otra historia…
Un beso desde la demencia interior.
