Queridísima compañera:
Hace un rato, mientras paseaba por las calles de mi barrio en un vano intento por rebajar barriga o mondongo, como gustes llamar a mi panza cada día más Falsttafiana, me ha parecido ver una cara conocida hurgándose la nariz con vehemencia en la puerta de un bar de mala muerte. Al principio me he quedado pensando, pues ese semblante de hiena sablista me sonaba, pero después de poner a trabajar el microprocesador de mi cortex he llegado a la conclusión de que el fulano que buscaba petróleo en su napia no era otro que Esteban González Pons, o por lo menos se le parecía. Completamente subyugado por la idea de que este elemento de la derecha más rastrera e inquisidora, se encontrara manchando las aceras de mi barriada con sucios y secos mocos verdes o secreciones flemáticas fascistas, algo ha removido mi característica cachaza mediterránea y he optado por entrar en el barucho, sentarme en la barra y desde allí estudiar al personaje. La frente Frankesteinera se asemejaba a la de Pons, los ojos vidriosos y farsantes se parecían a los de Pons, la nariz de Cynara Cardunculus (vulgo alcachofa) era semejante a la de Pons, los labios, más parecidos a los de Madame Blavatsky que a los de un humano masculino, eran clavados a los de Pons, sus orejas desproporcionadas eran un calco de las de Pons… pero no era Pons. En conjunto, su cabeza resultaba menos horrorosa y proclive al vómito que la de Pons y su cuerpo estaba mejor formado que el de Pons, pues sus extremidades eran simétricas y guardaban cierto equilibrio natural. Después de escrutarlo durante 15 minutos, de mala gana llegué a la conclusión de que este fulano no era el vicesecretario general de comunicación del PP. De todas formas hice una prueba: grité su segundo apellido mientras tosía, pero la réplica de facha seguía intentando llegar al cerebelo usando los orificios nasales como atajo.
¿Te imaginas que este ser escarbador por naturaleza, hubiese resultado ser Don Esteban? Lo primero que hubiera hecho es cuadrarme delante suyo y, con el brazo levantado en una posición agradable para sus ideas, cantarle el «cara al sol» en una versión en compás de 2/4 y estamparle en la cara un plato de tortilla de patata y cebolla del día anterior, que descansaba triste encima del mostrador mientras servía de pista de aterrizaje para siete moscas lustrosas y un tábano famélico. Hubiera acabado en la cárcel rodeado de guiris con caras de espanto, pero la sensación experimentada no hubiera tenido precio. No todos los días un rojo puede restregar una omelette española a un ideólogo de la intolerancia más abyecta.
Corazón, como republicana convencida, estoy seguro de que comprenderás mis palabras, duras pero absolutamente necesarias para todo lo que tenga que ver con el PP, ese partido cloacal que sin ideas piensa gobernar este país que ya no tiene futuro.
Un besazo.
