Hoy es el día en que he decidido dejar de comprar y comer pasteles y bollos de panificadora industrial o incluso de horno tradicional. He acabado con otro defecto insalubre y dañino con lo cual, este año, ya son 11 los vicios que he erradicado; mi cuerpo serrano puede estar contento y repleto de dicha pues cuando reniegue del último (el sexo), ya no habrá nada que martirice mi vida vacía, mustia y amargada.
No quiero que entiendas mal mis propósitos, pues en el caso de la bollería era una necesidad y estoy verdaderamente complacido con mi fuerza de voluntad. Una vez conocí a una chica que me contó lo que le había sucedido a su ex novio y ese recuerdo no demasiado lejano es el que me está ayudando a desengancharme de los azúcares y grasas saturadas. Te cuento: Salva, que así se llamaba su pretendiente, llevaba más de 15 años comiendo desaforadamente pasteles, bollos, helados, y repostería en general sin que sus análisis sanguíneos reflejaran ningún dato alarmante; pero cierta mañana funesta mientras se dirigía ufano y risueño a su trabajo, intentó mear en la oreja de un policía y fue arrestado. En los calabozos fue interrogado por un psiquiatra acerca de su malsano proceder y el respondió que tenia la vejiga llena y no podía aguantarse. A raíz de este hecho y de sus contestaciones se le condenó a pasar 2 años en una clínica urológica sin posibilidad de reducción de condena. Te cuento esto porque mi amiga está totalmente convencida de que enloqueció por culpa de su adicción a la repostería; por lo tanto, y si sus deducciones son correctas, es posible que mi renuncia a dicho hábito sea la segunda cosa mejor que he hecho en mi vida (si exceptuamos la vez que le subí la sotana a un cura y le pinté de azul eléctrico sus partes nobles).
El problema que conlleva extirpar un mal hábito es la sensación de vacío existencial que suele inundar la mente y el cuerpo del valiente que se atreve a llevarlo a cabo. En mi caso, estoy sufriendo un pequeño desorden interior nada preocupante, pues los ruidos habituales de mi estomago se han tornado en rebuznos desordenados, que de ninguna manera interfieren en el devenir habitual de mi existencia diaria. ¡Si!, ya sé que sólo llevo 4 horas sin mi edulcorada y zalamera droga, pero conozco mi cuerpo y me siento repleto de fuerza y respeto por mi mismo; me siento tan animoso y sereno que incluso he contemplado la posibilidad de embrear y emplumar a un político de derechas y atarlo a un semáforo.
Bueno, cariño, ya te he contado mis últimas tentativas por llevar una vida corta pero sin achaques; ahora tengo que dejarte, me espera mi inquieto sofá y un capítulo de mi serie de sucesos favorita. Un besazo muy fuerte, higiénico y bienintencionado.
