Email del 15 de Octubre 2011

Gustave Caillebotte, «L’éditeur» (1885)

Querida:

El protagonista de uno de los cuentos que estoy escribiendo ha salido de su historia y se ha introducido en otra matando al héroe y a algunos de los secundarios, por lo que no he tenido más remedio que tirar ambos textos a la papelera. Ahora tengo que volver a empezar, es decir, pensar un argumento, desarrollarlo mentalmente mientras me ducho o camino y luego trasladarlo a una hoja en blanco. Si hay algo que me repatea en esta vida es que un personaje se salga del papel que tenía asignado. Imagínate si la lluvia del comienzo de La Tempestad se transformara en granizo y Ariel se hiciera fontanero, ¿crees que Shakespeare hubiera llegado a ser el genial escritor que todos veneramos? Si quiero que mis narraciones no me den más dolores de cabeza tengo que hallar la manera de retener a los personajes e impedir que reine la anarquía. Hasta el momento, y después de pensarlo detenidamente, he llegado a la conclusión de que la única forma de que esto no suceda es dejar la creación literaria y hacerme costurero. Hasta el momento, no se conoce ni un sólo caso de un patrón que se haya rebelado contra su modisto y si a eso le sumamos que el oficio de corte y confección tiene una buena salida laboral, las ventajas son innumerables: por un lado no tengo que enfrentarme al horror que produce tener un folio en blanco desafiante encima de la mesa y por otro, puedo manufacturar pecherines, delantales y baberitos con mi propia marca registrada.

Llevo un montón de tiempo preguntándome cual es la razón por la cual me he metido en este durísimo mundo de relecturas y revisiones constantes, pero no he llegado a ninguna conclusión lógica. Es posible que el incesante paso de los años, además de dibujar algunas arrugas en mi ceño, haya trastocado la mayor parte de mis neuronas y estas hayan alimentado un ego insaciable y creado una especie de monstruoso esperpento que no me deja demasiadas elecciones. ¡Podría ser tan feliz esquilando corderos o castrando alces en Laponia!

¿Te imaginas como hubiera sido mi existencia si la comadrona me hubiera golpeado accidentalmente con una quijada de bisonte en la cabeza? Yo sí, y estoy convencido de que andar babeando por las calles hubiera sido un destino más acorde con mi atormentada personalidad. Además, si lo piensas, babosear es un arte, y si no estuviéramos tan carcomidos por la sociedad, incluso podríamos decir que es el verdadero y único arte. Ser estúpido es un papel que nadie quiere asumir, prefieren ser reyes, magnates, estupradores, arzobispos o senadores, pero alguien tiene que asumir ese rol y yo estoy dispuesto a aceptar el sacrificio.

Jamás visitaré a nadie que no tenga un sonajero para prestarme, y eso te incluye a ti. Si no tienes un sonajero me contentaré con dos o tres pelotitas de goma o un chupete.

Besos