Email del 19 de Octubre 2011

Alan McDonald, «Fanman» (2006)

Hola querida:

Como sabes, he vuelto a fumar, pero como los paquetes de cigarrillos están a un precio parecido al del jamón de bellota, me he comprado una maquinita para liar tabaco de marca en tubos vacios, es decir para fabricar mis propios cilindrines y ahorrarme cerca de un 50 %. El primer cigarro me ha salido bastante raro, es más, yo diría que se asemejaba a una lombriz famélica con instinto lujurioso, pero el segundo ha sido una obra maestra de la redondez y me lo he fumado en un periquete. Por fin podré humear sin sentirme ruborizado por el gasto que representa. Como ya sabes, me gusta aspirar humo porque me siento más sexual con un pitillo en la boca y un poco de humo en los pulmones. Además, prefiero morir de un cáncer de laringe antes que por un chiste mal contado y en un momento poco adecuado.

Fumar es un placer del mismo calibre que emplumar a un banquero y desde luego extremadamente menos corrosivo desde el punto de vista ético. ¿Qué importa lo perjudicial que resulte a nuestro organismo? Actualmente, todo lo bueno deviene en enfermedad mortal, incluso lamer una juncia puede acabar con la salud de cualquiera; claro está que hay pocos sujetos que pierdan el tiempo chupando un cebollino salvaje, pero las ciperáceas existen y están para algo. Algunos como yo las lengüetean, otros se las introducen por el….

Lo que quiero decir es que en esta vida hay que hacer lo que incremente la satisfacción personal, sin miedo a enfermedades ni a disgustos morales y, por supuesto, sin sentirse un bicho raro. Hasta hace unos años me encantaba insultar a los rábanos. Sabía que estos no podían escucharme y que aunque alguno realmente avanzado lograra entenderme, su amabilidad natural le impediría contestarme. Pasé los mejores años de mi vida ultrajándolos y ofendiéndolos hasta que descubrí algo que los sustituyó como blanco de mis iras y frustraciones: la palabra «tendencias». No existe en ningún idioma, exceptuando el siamés, un vocablo tan subnormal y que defina a los que lo pronuncian de una forma tan clara como esta palabreja. Cada vez que la escucho siento unas terribles ganas de coger al sujeto que la articula y hacerle una autopsia en vida. Te desafío a que encuentres otro término más imbécil y que quiera decir tan poco con menos de diez letras.

Cada día que pasa me encuentro más cansado y cínico, de seguir así creo que voy a transmutarme en un orinal de porcelana metálica, ya sabes de esos que cuando orinas suenan a Prokokiev. De momento, las víboras que se alojan en mi cabeza tienen trabajo con la cantidad de malos rollos que les proporciona esta lúgubre existencia; cuando se acaben estos y el mundo sea un remanso de paz, virtudes y buenos propósitos, tanto los ofidios como yo emigraremos a otro planeta que esté repleto de ceporros malhumorados y acémilas desventuradas y donde introducir un puñal en el ojo de cualquier imbécil no esté tipificado como delito.

Todo me aburre y necesito bostezar a cada instante pero mi mandíbula se niega a seguirme la corriente; ayer estuve con las quijadas desencajadas durante diez minutos por culpa de una maldita rampa. Cuando estaba a punto de dirigirme a urgencias con la boca como la de un zombi de película, afortunadamente, y después de un sonido semejante al que hace una rana cuando un elefante con varices le cae encima desde un décimo piso, mi boca pudo volver a cerrarse, aunque estuve prácticamente todo el día con un ligero aunque molesto dolor de maxilares.

¿Qué puedo hacer para entretenerme sin que me cueste dinero? Ya he intentado todo: he cambiado los números de las puertas de mi finca; he dibujado penes erectos en la ropa interior de mis vecinas ancianas cuando secaba tendida en la terraza; he dado sustos de muerte a los gorriones cuando se posaban en la barandilla de mi balcón. Necesito ideas o me hundiré en la más absoluta de las miserias. Ni siquiera imaginarme a la alcaldesa de mi ciudad delgada y guapa me divierte.

Creo que voy a ponerme a jugar con soldaditos a las guerras napoleónicas, pero como no dispongo de militares de plástico o incluso de plomo, voy a sustituirlos por calcetines (ya conoces mi obsesión por esta prenda). El agujereado será el mariscal de campo y los blancos de lana con rayas rojas los oficiales. Para los soldados rasos, creo que utilizaré los de nylon o puede que los acrílicos de canalé con puño antipresión. El campo de batalla será el sofá y los cañones los tubos de Hemorrane. Si esta maldita terapia no surte efecto, buscaré consuelo sodomizando la llama que sale de mi mechero y si esto tampoco resulta, me largaré a Lourdes: dicen que el agua milagrosa que brota del manantial del mismo nombre cura hasta las psicosis más agresivas y delirantes.

Mi trastorno paranoico empieza a preocuparme, no sé si ponerme a cantar salmos inventados o tomarme un kilo de diazepan. Incluso mis manos tiemblan cuando intento expresar lo que siento, claro que es posible que el principio de Alzheimer me esté pasando factura o quizás el paso del tiempo, invariable y con el mismo compás día tras día, hora tras hora, más parecido al cántico fúnebre llamado como mi diminutivo (gorigori) que al extremo frenesí de una rumba gitana.

Estoy casi seguro de que después de leer estas líneas totalmente enajenadas e incoherentes, sentirás ciertos escozores en las gónadas, pero no te preocupes, es algo normal. No le des ninguna importancia y por supuesto ni se te ocurra pedir hora con tu ginecólogo. Si quieres pedir algo, pide una hamburguesa en un confesionario: te divertirás muchísimo más y al párroco se le teñirá la piel de la cara de un bonito color rojo «infierno» que favorece bastante a los que visten de negro (y les aporta cierta gallardía).

Besos y abrazos (XOXO)