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| Frida Kahlo, «Mi nacimiento» (1932) |
Queridísima amiga y cerebro adelantado a tu época:
Aunque a veces, según las circunstancias, pueda parecer que tiene más o incluso menos, un día tiene veinticuatro horas y las administra de la misma manera que un usurero lo hace con su fortuna, es decir, roñosa pero inteligentemente. De entre todas esas horas repartidas entre luz y oscuridad existe una que es especial, pero no por su magia o hechizo, sino porque representa el culmen de la degradación humana de camino a su destino inexorable: el renacimiento del rabo y la exaltación onomatopéyica.
El periodo comprendido entre las ocho y media a nueve de la mañana es el momento en que las madres corren henchidas de alegría con sus hijos cogidos de la mano hacia el colegio o guardería; caminan con paso veloz y radiantes de felicidad porque saben que en unos momentos se van a quitar de encima, aunque sólo sea por unas horas, a sus amados hijos, es decir los futuros descuartizadores, santos, banqueros, refugiados o avasalladores que regirán el destino de este mundo. Hasta aquí todo me parece correcto; las criaturitas tienen que prepararse para sus roles posteriores y las mamás necesitan justificar su martirio. Es justamente después de dejar a sus retoños en esos campos de concentración llamados colegios cuando empieza la degradación suprema que te comenté hace apenas unas líneas. Ese instante donde las progenitoras con pocas luces se reúnen con otras especímenes de su mismo calibre y sentadas en cualquier cafetería hablan de sus cosas: la comidita para el marido, lo guapos e inteligentes que son sus niños, la enfermedad de mamá o los picores testiculares de la mascota recientemente adoptada. Algunas llegan más lejos y tocan el tema de los amantes, lo gruesa que la tienen y lo mucho que les gusta cuando le meten la lengua de cinco kilómetros y medio en lo más profundo de la faringe. Supongo que bastantes hombres harán lo mismo y posiblemente de una manera más denigrante para el género humano, me refiero a sentarse en el bar, beber alcohol etílico, rascarse el trasero y mantener conversaciones filosóficas de un calibre indescriptible.
Si yo fuera el presidente del gobierno mi primera medida sería prohibir las reuniones de las nueve de mujeres con pocas luces y hombres hipertestosterónicos. Luego me suicidaría no sin antes haberle hecho un corte de mangas a la primera dama. Se supone que nuestro cerebro es una compleja fábrica de neuronas y no un basurero de células muertas donde todo huele. Nunca he conocido a un padre o una madre inteligente que haya dedicado ni siquiera un minuto de su existencia a charlar de gilipolleces con otro progenitor a las puertas del colegio o alrededor de una mesa repleta de cafés, bollitos y zumos de piña. Jamás.
Amiga mía, como tú no has sido madre, me imagino que después de leerme no te encontrarás en la tesitura de alabar o fustigar mis palabras, y eso realmente me complace. Ahora necesito poner en orden mis ideas, así que me despido de tí hasta mañana, o quizás hasta siempre, o hasta nunca, o vete tú a saber hasta cuándo. Me despido y punto……
Besosssss
