Email del 17 de Octubre 2011

Andreas M. Wiese, «Die blaue Stadt» (1997)

Querida:

Las noches son más frescas y mi edredón espera entusiasmado salir del armario, el que no se encuentra tan eufórico ante la idea de que salga soy yo, pues prefiero mil veces darle un morreo a Mariano Rajoy antes que introducir ese diabólico trasto de plumas y plumón en la sábana o funda que lo aloja. La última vez  que lo intenté el año pasado, sufrí un traumatismo severo en lo más profundo de mi dignidad y recordar ese instante no hace ningún bien a mis nervios, actualmente bastante debilitados al pensar lo que nos espera a partir del próximo veinte de noviembre. Pero no quería contarte mis aventuras con las fundas nórdicas en este mail, sino quejarme enérgicamente sobre un tema que normalmente pasa desapercibido y que según mi opinión debería ser causa de debates en todos los medios de comunicación: las tapas de las alcantarillas y el ruido que hacen cuando pasa por encima un coche o una persona gorda. ¿Es que a estas tipejas metálicas las fabrican para no cerrar bien? Eso es lo que yo creo a propósito de las que se encuentran situadas en las cercanías de mi calle. Esta noche hasta que he cogido el sueño he contado cuatrocientos ochenta y tres golpes; como cada coche hace ruido dos veces (ruedas anteriores y posteriores) deduzco que hasta las cuatro de la madrugada han pasado doscientos cuarenta y un coches y medio; o doscientos cuarenta y un gordos y un niño de seis años obeso, con deficiencias psíquicas severas y un chupete de color azul celeste.

He llegado a tal punto de maestría en el conocimiento de los ruidos alcantarilleros que estoy en disposición de señalar sin llegar a equivocarme cuando, por poner un ejemplo, pasa por encima una anciana, su peso, el color del bolso, el tamaño del moño  y si usa o no faja. Mientras escribo esta línea, acaba de pisar la que tengo más cerca un estucador calvo, de unos cincuenta y seis años, con hernia discal y suegra diabólica. ¡Y no he tenido que mirar por la ventana! Todo intuido y con un margen de error que no llega al uno por ciento, pues no olvides que llevo viviendo en mi casa cerca de treinta años. Cuando termine mi «Estudio comprimido sobre la descompresión tras salir de la ducha» pienso ponerme a trabajar en un libro denuncia de más de 900 páginas sobre este insufrible fenómeno.

Por cierto, y cambiando de tema, ¿es verdad que ayer durante la manifestación un tipo te pellizcó el culo? Me lo ha contado el mismo pellizcador, que lleva una detallada relación de los culos pellizcados con datos como la hora, fecha o sensación táctil de cada uno de ellos; es la forma que tiene de justificar su existencia. Ya sabes, cada uno hace lo que le dejan………

7 besos y medio