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| Richard Stenhouse, «Selfportrait as a cockroach» (2001) |
Habari (Hola en suajili):
Existe un libro (y si no existe, yo lo escribiré) titulado «El masticador de correosos» en el que se relata la vida de un tipo vulgar que se pasa las 24 horas del día sodomizando dátiles, hasta que en un momento dado un dátil violento se revela y le clava un hueso en una arteria del pene, provocándole una septicemia que en un corto espacio de tiempo le lleva a la muerte. Así creo que es nuestra existencia: nos pasamos la vida desvirtuando nuestros propias emociones hasta que llega un momento en que estas, totalmente distorsionadas, conspiran a nuestras espaldas una rebelión que puede llegar a trastornar el mapa anímico de nuestro futuro. Pero como de momento no pretendo dármelas de psicólogo cristiano voy a cambiar de tema y contarte lo que me sucedió ayer cerca de las once de la noche.
Me encontraba tumbado en mi sofá favorito de tres (incomodas) plazas, pensando en la vida de las lechugas y su especial interacción con el aceite de oliva virgen, cuando de repente una cucaracha albina apareció por debajo de la puerta. Como les tengo un asco especial a esos bichos, me levanté e intente pisarla sádicamente, pero antes de que pudiera levantar el pie, el insecto se transformó en Heidi y me cantó 60 veces seguidas la canción «Abuelito dime tú» de los títulos de crédito de la serie y yo sufrí una alteración diabética que me hizo perder el conocimiento. Cuando lo recobré, enseguida supe que alguien me había forzado sexualmente pues tatuada en la piel de mi escroto podía leerse la frase «Baja calidad espermatozóica». Mientras te escribo estas líneas estoy esperando impaciente que den las nueve, hora en que abren sus puertas los analistas seminológicos, aunque también los bursátiles.
Últimamente me ha dado por bautizar a todos los cigarrillos que me fumo; este que tengo en la boca en estos momentos se llama Savanna Rose y el que me he fumado hace quince minutos Obdulio García. Desconozco la causa de mi desvarío pero lejos de incomodarme hace que me sienta mejor. ¡Incluso estoy pensando en poner nombre a las paredes! Nadie jamás se ha atrevido a bautizar a las paredes; en esto seré un precursor y si al final me da buenos resultados, pienso hacerlo con cada baldosa de gres de la casa, y me importa un pepino clorhidrótico si me tachan de loco furioso.
Bueno, corazón, creo que voy a tomarme un valium triple. Si no recibes noticias mías en un plazo de 24 horas, mándame tu próximo regalito al manicomio.
Besos
