Email del 28 de octubre 2011

Angeles Santos, «Un mundo» (1929)

Hola querida terrícola:

Acabo de tener un sargasmo, es decir, un orgasmo sarcástico. Te preguntarás y no sin razón cómo se puede experimentar uno de estos. Te lo explicaré: se trata de experimentar una especie de convulsión siendo irónico y mordaz con un zopenco. Y eso es lo que me acaba de suceder. En mi escalera no abrimos a ningún repartidor de publicidad, por muy guapo o atractiva que sea. Esta mañana, cerca de las ocho, un tipo ha llamado a varias puertas con una voz etílicamente comatosa y se ha hecho pasar por el cartero. Como a esas horas no estoy de humor para idiotas le he contestado que si él era un cartero, yo era una almorrana sangrante; como era de esperar, el sujeto ha respondido improperios típicos de un yonki analfabeto con síndrome de Down y, maldiciendo a mis padres, supongo que se ha dirigido a otro patio a investigar si allí reciben con los brazos abiertos a inmundicias de su clase. Ese ha sido mi sargasmo y, si quieres que te sea completamente sincero, me ha alegrado el día, por cierto, cubierto, triste  y gris como el de ayer. Esa cosa posthumana, además de no saber leer, puesto que en la puerta hay pegado un cartel de un tamaño bastante respetable en el que explica las razones por las cuales no abrimos a ninguna clase de propaganda, ha mentido descaradamente haciéndose pasar por el verdadero cartero y todo para ensuciarnos los bonitos buzones con octavillas del Pizza Hut. ¡Si por lo menos hubieran sido de un club de alterne de alto standing!

Ahora, mientras son cerca de las diez, estoy pensando si volver a la cama para disfrutar mentalmente con imágenes de cenutrios saltando vallas en todas direcciones o ponerme las pilas y salir a verlos al natural, en su ecosistema. Me interesa aprender sobre esta clase de papanatas y sobre todo me cautiva investigar qué eslabón ocupan dentro de la cadena trófica. Si es verdad que Dios existe y creó al hombre a su imagen y semejanza, entonces me gustaría saber qué es lo primero que le pasó por la cabeza cuando contempló la cara de algunos de los primeros descendientes de Adán y Eva. Un buen número de historiadores dicen que vomitó y se sintió indispuesto durante 2011 años, pero eso sólo son suposiciones… ¡Lilith!, ¡Lilith!, ¿dónde te escondes?…

Hoy es viernes, la jornada de la semana que dedico a la autoflagelación como alivio al sufrimiento psicológico que me produce haberme reencarnado en humano y no en mero o atún. Suelo dedicar tres horas por la mañana y dos por la tarde y si quieres que te sea sincero, obra milagros en mí. A veces utilizo uno de mis muchos cilicios de colección, pero otras simplemente golpeo una puerta de canto con la cabeza mientras contengo la respiración y canto mantras mortuorios con la mente. Ya sabes, cada uno hace lo que creé que es necesario para producir calma adictiva y sosiego retraído en su propia vida.

Bien, es hora de retirarme y no se me ocurre una frase ingeniosa para acabar el mail. Podría contarte un chiste sobre penes o algo parecido, pero creo que no es un buen momento. Los penes me recuerdan a sus dueños y como una cosa invariablemente lleva a otra, acabaría volviendo a despotricar sobre mi tema preferido, ese que escojo siempre que puedo o cuando mi ilustre cabeza no puede inventar otra cosa.

Muchos besos y pocos abrazos.