Segundo email del 27 de octubre 2011

Jean Dubuffet, «Vache au nez subtile»  (1954)

Hola nuevamente:

La vida es bastante dura, eso lo sabemos todos -o quizá no todos, pues para a algunos es una maravillosa experiencia que debe ser disfrutada-, lo que no tenemos tan claro es si vale la pena vivirla despiertos o bajo la serenidad narcótica que producen los tranquilizantes. Personalmente, opino que es preferible la tortilla de patatas con Diazepam antes que un tournedó de solomillo de ternera con milhojas de patatas y cebolla caramelizada. Claro que es la opinión de un perdedor neurótico, hipocondriaco  e inadaptado, pero al mismo tiempo psicológicamente avanzado.

Las pocas veces que he intentado mantener una conversación con otras personas sin estar más o menos dopado, he sentido que era mucho más reconfortante golpearme en el estomago con un menhir que escuchar las memeces que tenían que contar y que yo no supiera de antemano. Por supuesto que he tenido el placer de conversar con gente maravillosa, culta y sensible, pero la proporción entre unos y otros es tan desigual que si lo pienso detenidamente, el asunto se vuelve preocupante. Eso jamás me ha sucedido con los animales. Todos mis diálogos con perros o gatos han sido impresionantemente satisfactorios y no ha habido ni uno sólo en el que no haya aprendido algo que hasta entonces desconocía por completo. Incluso una conversación que mantuve con una vaca mientras pastaba -la vaca, no yo-, fue muchísimo más enriquecedora que cualquiera de las miles que he mantenido hasta el día de hoy con humanos. Charlamos durante cuarenta y cinco minutos y en un momento dado me ofrecio un poco de hierba fresca que yo acepté agradecido. Cuando nos despedimos, intercambiamos direcciones y prometimos escribirnos asiduamente. Lamentablemente, nuestro prometedor intercambio epistolar nunca llegó a producirse ya que poco tiempo después fue descuartizada y su carne vendida al por menor, seguramente para que algunas familias pudieran comerse un estofado mientras, reunidas en varias mesas y con caras especialmente amables para la ocasión, se imaginaban unidas por unos instantes.

Si a estas alturas de mi vida no me fugo con otra  ternera es simplemente porque a su lado no podría pasar inadvertido, y para mí es esencial que nadie sepa mi nombre o donde vivo. Pero no te equivoques, no es una preferencia zoofílica, sino intelectual. Cuando converso con un perro, aunque no sea de raza, me siento como un árbol recién regado y eso es algo que no me sucede demasiado cuando interactúo con abogados, albañiles, pizzeros o incluso artistas, por poner algunos ejemplos rápidos. Por eso prefiero perfeccionar mi autismo y ver películas de «autor» de directores extraterrestres como Sokurov o Kieslowski, antes que someterme al tercer grado de una conversación estéril con mi primo, la tía de tu abuela, o el presidente del FMI.

El tiempo vuela y no es cuestión de desperdiciarlo con cosas que no te llenen y al lado de gente que no te enseñe o aporte algo. Hace unos cuantos años tuve una visión -que yo sepa, a parte de mi, sólo Martin Luther King o Santa Teresa de Jesús las tenían-, y fue tan reconfortante y explícita que desde ese momento lo tengo todo bastante claro.

Besazos místicos