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| Tintoretto, «Susana y los viejos» (1555) |
Hola por tercera vez (hoy estoy francamente pesado):
Intentando hacer la V de victoria con la mano derecha me he fracturado dos dedos, así que mis días como alborotador en las manifestaciones pro verdadera democracia se han terminado durante un par de meses. El estruendo de la fractura ha sido tan fuerte que incluso un vecino ha golpeado enfurecido la pared, seguramente para que dejara de hacer ruidos y él pudiera dedicarse a sus cosas sin molestias ni sobresaltos. Acabo de intentar sacarme el pene para orinar con la mano izquierda pero el intento ha sido un completo fracaso; seguramente tendré que acudir a alguna ONG para que me ayuden a mear o por lo menos para que me enseñen a utilizar el brazo zurdo sin añadir serias complicaciones al normal desarrollo de mis actividades diarias.
La vejez ataca por todas direcciones y es pugnaz en sus designios. Ya no tengo veinte años aunque sólo hace veintinueve que sí los tenía. El tiempo pasa velozmente y a veces no nos damos cuenta hasta que ya es demasiado tarde. Empecé a sentir que envejecía hace unos tres años cuando en mis orejas empezaron a crecer unos pelos duros y feos que ya ni siquiera con unas pinzas de acero consigo arrancar. Más tarde, hace aproximadamente un año mi cuello se llenó de acrocordones y mis collares y colgantes hippies tuvieron que ser abandonados en el cajón de mi mesita sin contemplaciones. ¿Donde acabará este viaje sin fin hacia la gerontología más humillante? Supongo que en el tacatac, pero eso, lejos de importunarme, me produce cierto regocijo malsano que me invita a meditar en el mañana y sus imperfecciones.
Imperfecciones… defectos… carencias…. anquilosamiento… Hasta donde yo sé, nadie que se encontrara en su sano juicio ha intentado hacer el salto del tigre a partir de los cuarenta, pues al esfuerzo inaccesible que puede suponer trepar a un armario se sumaría la vergüenza de arrojarse desde dos metros de altura con el pene en erección de noventa grados y el miedo al fracaso más estrepitoso… sin contar el estropicio que se puede organizar al caer sobre la parte equivocada de la cama y romper un par de muelles del somier mientras la amante de turno se carcajea sin piedad.
En resumidas cuentas, amiga mía, la vejez es un asco, pero forma parte de la vida y ésta no es más que la iniciación a la verdadera obra maestra de la creación: la muerte.
Saludos
