Email del 23 de diciembre 2011

Gustave Caillebotte, «Homme à la fenêtre» (1875)

Hola corazón:

Ayer por la tarde me dió un punto gamberro y disfruté de lo lindo en Mercadona. Estuve cerca de dos horas cambiando productos entre los carros de los clientes sin que se dieran cuenta y al final la cola de gente estupefacta que se organizó en las cajas casi colapsa el establecimiento. El único problema fue que las cámaras de seguridad me grabaron dando cambiazos y me retuvieron cerca de dos horas en un cuarto sucio y repleto de botes apilados, mientras un fulano, seguramente el director de la sucursal -por llamarlo de alguna forma-, me echaba un discurso realmente imbécil que varias veces estuvo a punto de hacerme caer al suelo a carcajadas.

Cuando me soltaron, no sin antes hacerme prometer que en adelante me comportaría como un ser cabal y cooperativo, me dirigí al Comsum y repetí la hazaña, aunque para aprovechar mi estancia compré dos kilos de plátanos, un brick de leche de soja, una pechuga de pollo fileteada con corte fino y tres lechugas. Por cierto, una de las lechugas estaba repleta de fauna gusanil y no tuve más remedio que meterla en una caja y enviarla por correo ordinario a la amante del conseller de agricultura. Si el servicio de correos y telégrafos de España (sin águila) funciona correctamente, espero su contestación para el lunes o el martes de la semana próxima (te mantendré informada).

Hoy me he levantado menos traviesamente juguetón y más cívicamente social, así que cuando me duche y desayune pienso dirigirme al C.R.A.V. (centro de recuperación de ancianos de la comunidad valenciana) y echarles una mano con los enemas y pañales a los asistentes sociales que allí trabajan. Siempre que les ayudo (y eso ocurre un par de veces al mes) suelo robar un paquete de Dodotis -esos que proporcionan máxima absorción y protegen durante bastantes horas los culitos achacosos de las odiosas humedades- y los utilizo como servilletas y pañuelos.

De la misma forma que podría ser nombrado vándalo salvaje del año, debería ser nominado para encabezar la lista de los diez ciudadanos ejemplares de la década, pero por alguna razón siempre acaban obviándome. No me importa demasiado, pero si quieres que te sea totalmente sincero, me gustaría pensar que al final sirvo para algo y que mi paso por el planeta, justifica de alguna manera el esfuerzo que mis progenitores dedicaron a engendrarme. No olvides que el día en que fui concebido el termómetro marcaba una temperatura de dos grados negativos y el brasero que debería haber calentado la habitación estaba pasando la ITB (inspección técnica de braseros).

En realidad (y sé que no me vas a creer ni por un instante), ya no le pido demasiado a la vida. El reconocimiento no me llega por ningún lado y desde las estancias superiores se me ningunea sin sentido. Seguramente, cuando esté bajo dos metros de tierra, alguna calle, plaza o avenida llevará mi nombre y en los círculos intelectuales y políticos seré una referencia. Mientras eso sucede, no puedo dejar de sentir pena y asco por la absoluta imperfección humana…..

Besos, abrazos y penas.