Email del 25 de diciembre 2011

Bansky

Holaaaaa:

Ayer por la noche, mientras el resto de humanos interpretaban una mala comedia sentados ante una mesa atiborrada de delicias y acompañados de familiares a los que, en muchos casos, no han visto desde hace un montonazo de tiempo y que seguramente les importan un pimiento paranoesquizoide, estuve reflexionando sobre algunos conceptos que desde hacía varios días me rondaban la cabeza:

 – «No sólo a los idiotas se le cae la baba»:
Conozco a un tipo que babea cuando alguien le enseña un lebrillo o una jofaina y hace algunos años tuve una amiga que salivaba cuando su marido pronunciaba un diptongo, por lo cual tenía que ser internada en una residencia para desquiciados faciales varias veces al día, hasta que su esposo -que creo recordar se llamaba Benedetto y era hijo de padre italiano y madre vallisoletana- tomó la determinación de hablar por medio de señas y escribiendo notas con anagramas y palíndromos.

 – «El amor entre dos seres triunfa cuando la cuenta corriente de uno de ellos es abultada»:
Estamos ante una de las imbecilidades más grandes que alguna mente humana, por puro aburrimiento y en un estado de sopor profundo, pudo concebir. Conozco a un montón de gente a los que les importa bien poco si su pareja tiene o no pasta en el banco. Les es suficiente con que sepan firmar cheques en blanco y les tiene sin cuidado de donde puedan llegar los fondos. Por el contrario, podría ponerte el ejemplo de un matrimonio al que hace años estuve bastante unido -hacíamos tríos y a veces, cuando conseguían una muñeca hinchable, cuartetos y que eran tan asquerosamente ricos que se limpiaban el trasero con bonos del estado; claro que eso sólo lo hacían delante de amigos -o de la muñeca de uso exclusivamente erótico- y, cuando éstos se largaban, ordenaban a sus esclavos cubanos que limpiaran con toda celeridad los títulos de deuda y les obsequiaban con una gratificación especial si los frotaban y adecentaban con la lengua.

– «El no Ser no existe. Cuando ese Es, se manifiesta a sí mismo»:
Podría desmontar esta teoría en dos minutos y medio, pero ahora me siento tan tremendamente sexy masticando gominolas que voy a dejarlo para el próximo martes, que es el día de los arrepentimientos y penitencias.

Poco después de razonar estos pensamientos sentí unas arrebatadoras ganas de arrullar cebollas, pero, de repente, otro enigma turbó la callada placidez forzadamente autoimpuesta: ¿por qué a los hombres les salen pelusillas en el ombligo y sin embargo a las mujeres no? ¿Te has parado a pensar en esta increíble cuestión? Y no me vengas con que las féminas compran camisetas de mejor calidad que los varones, porque no me lo voy a creer. Desafío a cualquier humano, animal o cosa que lea esta cavilación a que desarrolle una idea avanzada que deje la cuestión zanjada durante un par de siglos o por lo menos hasta que las masas se vistan con aluminio cromado y el algodón sólo sea utilizado para envolver bocadillos.

Hoy es Navidad, lo cual no significa demasiado, sino todo lo contrario, es decir, poco o absolutamente nada. En el mejor de los casos, en algún lugar del país un hijo bueno, cordial y decente tiroteará a su familia simplemente porque el besugo al horno estaba demasiado hecho o porque le apretaban las gomas de los calcetines de nylon. Pero la fiesta continuará y cada año que pase nos venderemos un poco más que el año anterior, o lo que es peor, enseñaremos a nuestros hijos y nietos una grandísima aunque terrible verdad existencial: «come turrón de Jijona y al cuerno con las peladillas».

Besos verdaderos y Christmas falsos.