Email del 29 de diciembre 2011

Dan Witz, «Big mosh pit» (2007)

Amiga:

La última Nochevieja que celebré fue la del día en que Pepe Martínez Albar, el tonto de mi pueblo, intentó tragarse una escudilla de mayólica. Desde entonces, las festejo metido en la cama, escuchando a Zappa con auriculares y con los peucos de lana con forma de patata calentándome los pies. Creo que ya te he contado lo que pienso de esta  celebración subnormal y del atajo de acólitos que se lanzan a las calles con el único propósito de beberse todo lo que supere quince grados por el simple hecho de que hacerlo es una tradición. ¡Joder! Por qué diantres no será una tradición leer un libro a la semana (como mínimo).

¿Para qué sirve despedirse del año que termina? ¿Qué ganamos recibiendo al que entra? ¿Por el mero hecho de darle la bienvenida alegres y retozones nos va a librar de la serie de desgracias que nos traerá como presentes? Todos hemos tenido amigos que han fallecido por sobredosis etílica ese día funesto de cambio de año; y si no es por borrachera, lo es por accidente o por escuchar varios chistes malos seguidos y sin pausa. Personalmente, no distingo las fechas, pero tampoco las fronteras, ni las banderas, ni siquiera los idiomas. Todos formamos parte de un único mundo, repleto de cenutrios e imbecilidades, pero singular en su concepción. Nos lo estamos cargando, pero parece ser que eso no es lo bastante importante, pues sus pobladores prefieren la fiesta salvaje a la concienciación. Mientras unos bailan merengues con un cubata en la mano hasta el amanecer, otros mueren de inanición porque sólo pueden alimentarse de arena, que es lo que el primer mundo les ha dejado después de esquilmarlos para poder pagarse las Nocheviejas. Es tan triste que incluso puede llegar a parecer un sueño demente, pero es una realidad incesante.

Si la mitad de las noches en que la gente celebra sus juergas se celebraran alimentando el cerebro, todo podría ser diferente. Es una simple cuestión de lógica, y no de carácter, como vengo escuchando de sus infames protagonistas cuando intentan inventar estúpidas escusas. Supongo que conoces la fábula árabe de la rana y el escorpión:

«Un escorpión quería cruzar un rio y le pidió a la rana que lo llevara.
-No- le dijo la rana, no gracias. Si te dejo que subas a mi espalda, puedes picarme y la picadura del escorpión es mortal.
-¡Vaya!-replico el escorpión-. ¿Dónde está la lógica de tus palabras?-los escorpiones siempre tratan de ser lógicos-. Si yo te pico, tu mueres y yo me ahogaré.
Al oír estas palabras la rana quedó convencida y permitió que el escorpión se subiese encima de ella. Pero cuando estaban en medio del rio sintió un dolor terrible y se dio cuenta de que, pese a todo, el escorpión le había picado.
-¿Lógica?- gritó la rana moribunda cuando comenzó a hundirse, arrastrando al escorpión bajo las aguas-. ¡No hay lógica en esto!
-Lo sé- respondió el escorpión-, pero no he podido evitarlo, es mi carácter.»

A la mierda el carácter, desarrollemos la lógica y la razón o este mundo en que bailamos no tendrá ninguna salvación. Me importa poco el futuro de la raza humana, pero no puedo consentir que en esta vorágine de estulticia y destrucción nos llevemos por delante a las plantas y los animales, los verdaderos y legítimos propietarios del planeta. Ellos no poseen la capacidad de racionalizar, pero no la necesitan. La verdad es que ¡nunca la han necesitado!

Besos