Email del 5 de enero 2012

                                  

Edward Hopper, «Sun in empty room» (1963)
Hola:

Hoy es uno de esos días en los que me levanto repleto de preguntas sin respuesta, pues la otra personalidad, esa que mora en mi interior y se dedica a contestarlas, está de ejercicios espirituales en alguna parte de mi extenso aunque imperfecto cuerpo y no volverá a incorporarse hasta dentro de un par de jornadas. Me he apuntado esas preguntas, más que nada para que no pasen a engrosar la lista de cuestiones concretas y específicas pero con soluciones indefinidas o desubicadas:

– ¿Por qué todo lo que sube, al final tiende a bajar?
– ¿Cuál es la finalidad de la paciencia?
– ¿Para qué sirve alimentar una esperanza comprometida?
– ¿Es posible que la inseguridad que transmite la falsa autoconfianza no sea más que otra errónea forma de transformar un pensamiento absurdo en una idea indiferente?
– ¿Siguiendo el trazo de la línea que serpentea, llegaré a algún lugar menos accidentado?

A veces, la negación total puede salvarnos de un buen berrinche, sobre todo si desmentimos la propia existencia y nos tomamos el continuo lastre de los días incesantes, repetidos y enajenadamente constantes como el resultado de un sueño manufacturado en una celda acolchada de cualquier frenopático estatal. En mi caso, he llegado a un punto en el que sólo me interesa conocer si el pasado fue parte de ese sueño o si realmente algunos capítulos, los aparentemente mejor esbozados, llegaron a existir.

¿No te has preguntado alguna vez si la forma en la que tratas de encauzar tu vida es demasiado traumática? Quiero decir: si hemos nacido para justificar la copulación de unos padres repletos de amor (u odio) y con el único fin de que en un futuro forniquemos con pasión (o desinterés) simplemente para tratar de que la cuerda de la vida no se tense lo suficiente como para que en un momento dado se deshilache en su chicote o quizás por su seno…..entonces, ¿para qué demonios seguimos el juego?. ¿Qué ganamos en el envite? ¿Un montón de horas perdidas que juntas pueden definirse como experiencias? ¿Acaso gozamos experimentando, ensayando, comprobando, intentando? Yo, por lo menos, no. Necesito que cada hora sea diferente y sobre todo más catártica que la anterior. No puedo seguir manteniendo los músculos en distensión; necesito disfrutar de esa experiencia enriquecedora que sólo fabrica la opacidad y, créeme, existen innumerables formas de oscuridad perfecta, de negrura diáfana, de turbiedad transparente. Y tú eres tan inteligente que deberías estar de acuerdo con estas palabras, o por lo menos en una especie de ambiguo desacuerdo parcial, ese que sólo sirve para convencer de su maravillosa perspicacia a un interlocutor enloquecido por el dolor que produce intentar mantenerse cuerdo.

En algún lugar del desorden entrópico existe una habitación con dos ventanas. Una de ellas no tiene cortinas, la otra es de madera y los persistentes chaparrones han hinchado las traviesas y ya no cierra bien. El centinela que las custodia y que se encarga de tenerlas continuamente cerradas ha perdido la fe y cada día que pasa se pregunta si debería abrir ambas, o por lo menos la que está menos protegida, pero una duda prefabricada con el único propósito de mantenerlas cerradas le distorsiona las respuestas y transforma su certidumbre en recelo y precaución.

Seguramente podría llenar miles de espacios con vocablos compungidos pero no me he alimentado durante más de quince mil días para rellenar huecos, ni siquiera para endulzar cavilaciones. Ahora te dejo, pero me gustaría que pensases una respuesta a la cuestión planteada unas pocas líneas más arriba. ¿Qué ventana abrirías?

Besos.