![]() |
| Georg Grosz, «Street scene» (1925) |
Querida:
Esta semanita de frío polar y constante me ha permitido hacer las paces con los calcetines, peucos, calzones de lana y al mismo tiempo con un pequeño electrodoméstico bastante denostado por las marujas profesionales (de ambos sexos) llamado «quita pelusas». Ese bonito aparato, que tiene el tamaño de un desmán de los pirineos y que gracias a la energía que le suministran un par de pilas LR 20 tamaño “D” consigue afeitar casi completamente las molestas y antiestéticas bolitas que tanto afean el lucimiento de las prendas de marca, ya sabes, esas que ayudan a subir mi autoestima hasta niveles insospechados, mientras arrastran por los suelos la de los vecinos menos pudientes que comprueban el nivel y la categoría con los cuales me obsequió hace un montón de años la madre naturaleza.
Supongo que estarás de acuerdo conmigo, por lo menos parcialmente, en que la elegancia es algo innato en ciertos humanos avanzados, y no una característica adquirida, como sucede con los herpes genitales o las paperas, por citarte un par de ejemplos claramente comprensibles. De todas formas, nunca olvido que la misma idiosincrasia que incrementa mi ego en las ocasiones en que éste se siente abatido y solitario, algunas veces puede llevarme hasta un estado de paroxismo en el que lo único que tiene sentido entonces es sentirme por debajo, varios metros por debajo, del resto de individuos que comprenden el vulgo o la plebe humana, esa especie de congregación donde se acoge a cualquier tiparraco obtuso siempre que sepa firmar un cheque y donde una idea importante es una idea meditada en el váter.
Supongo que a estas alturas del email no sabrás distinguir si lo que te escribo es un ejercicio sarcástico, aunque torpemente redactado, o simplemente un ataque de malamente fingida egolatría que puede acabar con la poca credibilidad que me queda. Una cosa es cierta: vivir inmerso en esta sociedad de cobardes y vendidos está pasándome factura. Incluso a veces pienso que lo mejor sería tumbarme en la cama y dedicarme a leer el Pronto o el Hola para aprender y, sobre todo, ponerme a la altura de los tipos y tipas que tanto desprecio.
Desde Desorden, capital de Caoslandia, se despide el enviado especial más cínico, ecléctico y al mismo tiempo dinámico de la entropía admisible.
Besos y abrazos (cuestan lo mismo).
