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| Albrecht Durer, Tilo en un bastión. 1494 |
Querida:
En un rincón oscuro de uno de los parques que adornan mi barrio, donde poca luz del sol consigue penetrar, está naciendo un arbolillo; creo que es un falso banano, pero desde que tuve la suerte de encontrarlo, no ha pasado ningún día que no piense en él. Ya sé que es vulgar que mis pensamientos se ocupen de vegetales en lugar de humanos, pero mi naturaleza es así y poco puedo (y quiero) hacer para cambiarla. Ese arbolillo que apenas tiene tres ramas y una altura de aproximadamente dos palmos es mi obsesión y el afán de todas mis preguntas sin respuesta: ¿por qué ha nacido, si su final no es otro que ser arrancado en beneficio de los setos de escalonia que sirven como delimitación y que desgraciadamente son los que verdaderamente preocupan a los jardineros del ayuntamiento?. ¿Por qué el viento no trasladó la semilla de «mi árbol» hasta otro paraje más agreste y que hubiera significado su permanencia, la continuidad y la vida?
A veces me siento en un banco que está situado a menos de un metro de mi esperanza y lo contemplo ensimismado. Mientras mis ojos se concentran en sus frágiles ramillas incipientes, mi cerebro no deja de dar vueltas a una idea que me ronda la cabeza desde algún tiempo y que, lejos de calmar las dudas de mi alma, la atormentan y la preocupan: la esperanza de vida. Y mientras esas ideas confusas y decadentes se atrincheran en mis neuronas, el arbolillo crece por momentos. A veces, incluso puedo ver brotar una hoja. Otras, contemplo entusiasmado cómo los mirlos intentan posarse en sus pequeñas ramas sin conseguirlo y, falsamente molestos, lo picotean con un cuidado y delicadeza que rayan la ingenuidad, quizá esperando un futuro próximo donde la interactuación entre seres vivos de diferentes reinos no sea más que el preludio de un nuevo amanecer en este maltratado planeta.
Si mi cinismo y mi forma de asimilar el absurdo existencial significaran que la coacción a la que son sometidas mis neuronas no es más que un paso hacia el recóndito conocimiento de las formas, de las situaciones o de los hechos, tal vez tendría una oportunidad real de descifrar mis inclinaciones naturales, pero envejecer y, sobre todo, permanecer con este maldito disfraz de ser natural, de hombre, de imbécil sin futuro, de espectáculo involucionado, han trasmutado la bondad en odio, el amor en perversión y la honestidad en inmoralidad e impudicia. No soy más que una víctima de los tiempos, y como mártir inmolado no me queda más remedio que alejarme de los verdugos, de la civilización, del progreso y dedicar las horas que me puedan quedar a maldecir a los demonios que crean dependencia de la vida y se cobran sus gastos preparando el deceso mientras siembran destrucción, aniquilamiento y ruina. Porque todos, absolutamente todos conocemos nuestro destino, y aún así, estamos dispuestos a jugar la partida. ¿No es esto imbecilidad en grado supremo?
De todos los lugares en los que he vivido en delirios, ensoñaciones o incluso alucinaciones, ninguno me ha hecho tan dichoso como el día en que me transformé en singularidad. Sucedió hace más de treinta años y de alguna forma cambió por completo mi percepción de los sucesos. Cuando, obligado por las circunstancias ajenas, me ahogo en un mar de despropósitos e idiotez admisiblemente inconexa vuelvo a ese instante de lucidez desequilibrada y entonces sé que todos los movimientos involuntarios no son más que retazos de voluntad asfixiada, estrangulada en su imperfección absoluta, ahorcada por su propia incorrección irresistible, sólida, forzada y apóloga.
Como siempre: un beso.
