Segundo email del 12 de junio 2012

Michelle Charles, Even a Fly Has a Soul. 2003

Hola nuevamente:

Paso las horas escuchando a Moondog y a Schnittke o viendo films de Kieslowski, Sokurov o Bergman y aunque se supone que escuchar y contemplar tantas obras maestras debería tener un efecto hipnótico en mi forma de pensar, lo cierto es que están obrando en mi carácter ciertos cambios alarmantes. Te explico: si antes me alejaba de todo contacto humano como  forma de supervivencia, ahora siento unos repentinos deseos de escupir en la cara a todo animal que camine a dos piernas. ¡Y me entreno duramente utilizando de diana una foto mía! Puedo atizarme entre los ojos a una distancia de 2 metros, aunque quiero afinar mi puntería y llegar a ser mortal a una distancia superior. Claro que mi cráneo rapado puede resultar un blanco fácil, pero si todo sale como tengo establecido en mi calendario, pronto me entrenaré con una estampita del Papa benedicto XVI de 12 por 18 centímetros. ¡Y eso sí que puede ser una auténtica proeza! Pero no te escribo para contarte mis hazañas sino para relatarte los sucesos que me acontecieron ayer por la tarde.

Me encontraba plácidamente tumbado en la cama, cavilando sobre acelgas y berros y la forma más correcta de cocinarlos con el fuego de un mechero, pues a mediodía se me terminó el gas y no tenía bombona de repuesto, cuando una mosca bastante joven aunque rolliza y grisácea, como la mancha mongoloide que adornó mi espalda hasta la edad de 7 años, se posó sobre mi boca y empezó a corretear de un lado a otro produciéndome una sensación de gozo y satisfacción como hacía años que no sentía. Al principio, dejé que fuera ella la que eligiera la cadencia y el recorrido, pero llegó un momento en que sentí la necesidad de comportarme como un humano y dirigir su movimiento irracional por medio de zumbidos mosquiles que imitaba con mis labios. Al principio, y como es habitual cuando uno aprende idiomas, cometí algunos pequeños errores confundiendo continuamente «a la derecha» por «en casa de mi tía Julia» y eso confundía al insecto, aunque en menos de 2 horas ya nos entendíamos perfectamente.

Sobre las 7 de la tarde y cansado de sus correteos en ambas direcciones intenté algo más difícil: le ordené que se introdujera por un orificio de la nariz, cosa que hizo con alegría y determinación, pero un repentino estornudo la envió cerca de la lámpara del techo. Cuando volvió a posarse sobre mi pituitaria, todavía se la notaba molesta por el viajecito, pero volvió a repetir la hazaña y te juro por la luna llena que casi tuve un orgasmo. Como me gusta experimentar, más que nada para desterrar de mi cabeza la sensación de aburrimiento, en un momento dado le propuse que diera pequeños saltitos sobre uno de mis pezones, pero por alguna razón que desconozco se negó tajantemente y me dejó claro que ella no era una furcia que obedece sin rechistar a su chulo y que en adelante ella llevaría las riendas de nuestra pequeña diversión (o perversión).

Mientras escuchaba el telediario de la sexta a través de las paredes de mantequilla que me separan de mis vecinos, la mosca quiso llegar más lejos e intentó un doble salto mortal hacia atrás con un giro en el segundo mortal y con las alas plegadas sobre mi ojo derecho; y le hubiera salido a la perfección si no hubiera sido porque en el mismo instante que lo intentaba sufrí un repentino ataque de hipo y me moví unos centímetros por lo que la pobre aterrizó sobre la almohada, y parece ser que le gustó la sensación o la mullidez de la misma, o quizás estaba cansada, pues se quedó recostada y se puso a dormir. En ese preciso momento sentí hambre y me levanté a prepararme la cena. Cuando regresé, el díptero había volado. Y con él mi hermosa distracción del día.

Como habrás podido comprobar, a veces no hace falta interactuar con homo sapiens para sentirse vivo.

Un abrazo.