![]() |
| Fabien Granet |
Hola:
Seguramente te preguntaras cuál es la razón por la que he dejado de escribirte emails casi a diario, aunque también es probable que, en lugar de preguntártelo, bendigas el motivo que me lleva a no escribírtelos. Realmente no existe ninguna razón. Tengo mis rachas, como cualquier simio. A veces no puedo estar callado o quieto y sin embargo otras necesito (a cualquier precio) lamer las gotas dulces del Spleen que devotamente venero. Bueno, qué te voy a contar, tú conoces bastante bien a la clase de tipos como yo, ya sabes, sujetos caviladores y solitarios, tan maniáticos como un felino y que, de alguna forma, han agotado (o eso creen) su futuro.
Últimamente he mejorado mi técnica y pierdo el tiempo de una manera más estimulante y sabia. En lugar de limitar la imprudente apatía hasta un punto en que mi cerebro avergonzado se sienta obligado a inventar a toda prisa una o varias ensoñaciones ficticias -como mero ejercicio práctico ante el anquilosamiento desgastador al que someto a sus cándidas terminaciones nerviosas- he desarrollado una sutil habilidad que me permite disfrutar de los beneficios de la abulia hasta rozar la parálisis psíquica. Por supuesto que tal capacidad tiene sus efectos contraproducentes incluso para mi, «Jiujitsuista» mental profesional y escrutinizador empedernido. Pero ¿qué importan unos pocos desasosiegos si al final a base de arrastrar y arrastrar toneladas de impaciencia acaricio por fin eso que algunos en situaciones claramente perturbadas denominan «las puertas del éxtasis»?
Te seré sincero: no necesito sentirme indispensable, ni siquiera por mi lamentable otro «yo» que a veces se esconde entre mis intranquilas soi-disant emociones. Me siento perfectamente capaz de acelerar mi descenso a los infiernos. Después de muchos tiras y aflojas conmigo mismo he llegado a un punto en que la analgesia emocional congénita ha ganado la batalla, y menos mal que ha sucedido de esta manera, porque si el resultado hubiera sido diferente, en estos momentos no estarías leyendo mis insulsas impresiones. Soy un superviviente, pero no me siento feliz por serlo, o por parecerlo, o quizás por creerlo. Sobrevivo de la misma manera que otros mueren. Quizá esos mártires existenciales estén más cerca del absurdo infinito que es intentar mantenerse vivo y cuerdo al mismo tiempo.
Así como el sol puede agriar la leche y producir bonitos melanomas en ciertas clases de pieles, mi rotunda pasividad objetiva puede estrangular la maldita apocatástasis castradora que infiere en mis pensamientos piadosos y por medio de una complicada marea de desatinos inoportunos (¿o más bien son aciertos convenientes?) los transforma en desórdenes complejos que lejos de apaciguarme me obligan a comportarme como una especie de trasgo embaucador e inconsciente, insensible, indiferente (in, in, in).
En estos momentos, algo transparente se ha colado por la ventana. Su translucidez perfecta no ha sido suficiente para que las luces rojas que se arremolinan en mi cerebro no lo detecten. ¡Puedo sentir cómo se expande! Amiga mía, es posible que no me creas, pero te repito que puedo sentir cómo se expande. ¡Puedo sentir cómo se expande!
Un saludo.
