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| Marc Burckhardt, Snakehandler |
Hola querida:
Es increíble lo difícil que es convivir con vecinos, sobre todo si estos son ruidosos o les importa un carajo cualquier cosa que no sean ellos mismos o sus circunstancias. Como llevo cerca de 30 años viviendo en el mismo edificio he tenido que soportar un baile innumerable de residentes temporales, y a fuerza de golpes y más golpes, he aprendido que en el caso de los descorteses que sólo miran por sí mismos, lo mejor es llamar a sus puertas y presentarse ante ellos con ojos sanguinolentos y espumarajos deslizándose por las comisuras de los labios (a falta de saliva natural se puede usar baba de caracol que además de dar el pego te deja la piel firme y previene las arrugas, por supuesto si tienes caracoles en casa) y rogarles ceceando y con la mirada desviada en un -casi imposible- ángulo de 120 grados que por favor dejen de comportarse como Sarcophilus y empiecen a demostrar que pertenecen al genero humano. Generalmente, estos trucos rastreros suelen tener éxito y los incívicos acaban comportándose como virtuosos.
Hace aproximadamente un par de semanas, unas niñatas con pinta de lerdas-flauta y tan decorativas como un calcetín rasgado y húmedo, alquilaron una de las viviendas del piso de arriba del mío y desde el primer instante se dedicaron a demostrar a los demás habitantes del inmueble que eran unas cenutrias arrabaleras sin modales y sin un ápice de lo que algunos todavía valoramos como «clase». A los 5 minutos de establecerse en la casa y hasta hace un par de días, estas ratonas hidrópicas no dejaron de poner la música a un volumen tan alto que hasta mis prendas interiores tiritaban de espanto y además (siempre hay un además) no cambiaban nunca de cd; siempre el mismo, una y otra vez. Como sabes, a mí me encanta la música, sobre todo si no sigue patrones y estructuras comerciales, y si está repleta de cambios de ritmo y de compas. Desafortunadamente, Niña Pastori, que es lo que a esas tipas les ponía cachondas, no es un exponente de la música Avant-garde y la repetición continuada de sus «ay, ay, ay» acabó por trastocar mi humor (normalmente rabioso) radicalmente. Como me conozco y a veces incluso tengo miedo de mi reacción ante ciertas estupideces, opté por una solución alternativa: la solución B. Redacté una nota cínica pero respetuosa y se la deslicé ayer por debajo de su puerta. Te copio lo que se podía leer en la misiva:
Hola:
Voy a comenzar con una pregunta:
¿Seríais tan amables de bajar el volumen de la música? Tened en cuenta lo siguiente: la ventana por la cual salen esos sonidos espantosos da al deslunado interior, que hace de eco y envía las ondas sonoras directamente a nuestras cabezas. No importa demasiado lo que estemos haciendo en esos momentos ni en qué parte de la casa nos encontremos; los gritos de dolor de esa tipa (creo que es Niña Pastori) nos taladran el cerebro y nos impiden hacer una vida normal, una vida como la que llevábamos antes de que vuestro único cd se estropeara en vuestro viejo reproductor casero y os impidiera cambiar de música más a menudo. Incluso las pulgas y garrapatas que malviven encima de alguno de nuestros animales domésticos se sienten indispuestas cuando esa tipa se queja y se queja y se queja en sus canciones (por llamarlas de alguna forma).
Si hacéis caso a la recomendación del volumen, seguramente la siguiente pregunta no será necesaria: ¿Podríais ir al Fnac y robar otro disco? Escuchar a todas horas a Niña se hace terrible; además no creo que sea bueno para vuestra salud mental ni para la de vuestros cosméticos. A mí, personalmente, los sonidos que salen de su garganta me recuerdan a los que hace un chimpancé oligofrénico cuando le introducen a la fuerza un cocodrilo vivo por el culo. Pero para gustos, colores. Con que bajéis el volumen nos sentiríamos reconfortados la mayor parte de los vecinos, por lo menos los que TODAVÍA no estamos sordos.
Un saludo y gracias anticipadas de un vecino saturado.
De momento -y esto es un triunfo de la intimidación como única forma de relacionarse con humanos- Niña Pastori no ha sonado. A decir verdad, lo único que he escuchado proveniente de su ventana ha sido un aullido onánico a las 9 de la mañana. Ignoro si ese chillido era producto de su propio orgasmo o del de la Pastori, pero el caso es que el deslunado rebosa tranquilidad y yo me siento seguro y completamente realizado. Estoy tan feliz de haberme comportado como un rastrero (al no haber dado la cara) que incluso ha habido un momento en que, imitando a Terpsícore, he realizado unos ridículos pasos de baile en honor al flamenco de tercera clase y a los imbéciles y retrasados que lo escuchan.
Como sé que me conoces bastante bien, estoy seguro de que no interpretarás mi cobardía como un acto impuro producto de la gerontofilia más desequilibrada, porque aunque no soy joven, todavía no he decidido comportarme como un viejo senil y cascarrabias. Simplemente creo que hay que respetar y cumplir las normas. Por lo menos las que a convivencia se refieren. Desde 1984, año en que me mudé a esta vivienda, sólo he tenido problemas serios con 47 vecinos desconsiderados y 2 arañas ocupas. A las arañas las desalojé sin contemplaciones, pero con los vecinos no fue tan fácil. Me vienen a la memoria un par de casos:
Año 1992: Un matrimonio sin hijos, pero con roña antediluviana cubriéndoles cada centímetro de la piel y completamente alcoholizados, se dedicaban a darse de hostias por la noche mientras el resto de vecinos contemplaban tranquilamente la tv y yo contemplaba tranquilamente a los vecinos que contemplaban tranquilamente la televisión con unos prismáticos dotados de visor de uso nocturno. Como el follón y los sobresaltos no acababan sino que con el paso del tiempo se endurecían, y ante la total y acoquinada pasividad del resto de moradores, me vi obligado a tomar medidas severas e impostergables.
Cierto día de cierto mes de ese mismo año introduje por una de sus ventanas 3 serpientes agresivas (estuve 2 meses y pico haciendo test de agresividad culebril a cientos de ofidios hasta que unos pocos superaron la prueba). Todos sabemos el miedo que sienten los borrachos por los bichos que reptan, pues no saben distinguir si lo que ven es real o producto del Delirium tremens. Pasaron unos pocos días y el hombre acabó tirándose por el balcón mientras gritaba aterrado que «algo» le había mordido un testículo. Su mujer sobrevivió unas semanas más, pero al final decidió prenderse fuego en medio de una reunión de alcohólicos anónimos.
Año 2002: 7 (¡siete!) estudiantes de ambos sexos y posiblemente de algún género todavía no catalogado por la ciencia, tomaron posesión de la vivienda número 5. Les acompañaban 4 perros famélicos y una oronda señora de mediana edad (que me recordaba a una garrapata hinchada por la sangre), seguramente la voz de sus conciencias. La primera semana, un perro (o quizá la voz de sus conciencias) me obsequió con un regalito depositado amablemente en mi felpudo recién comprado en un chino del centro. Tragué saliva y callé. La segunda semana dos perros volvieron a regalarme dos presentes verdosos en el mismo felpudo comprado (¿o fue mangado?) en el chino céntrico. Volví a tragar saliva y miré para otro lado, aunque mi felpudo ya sólo era una sombra de lo que fue cuando lo robé (quizá lo compré) en los chinos de la zona rica de la ciudad. La tercera semana pillé in fraganti a un chucho cagando sobre mi felpudo asiático con una cara de placer difícil de olvidar mientras algunos de sus dueños le aplaudían con delectación y alevosía. Cuando les pedí explicaciones, uno de los imbéciles que apremiaban a sus mascotas a defecar en los portales y sobre todo encima de los felpudos ajenos, en un acto de cobardía sensacional, me pidió disculpas y lo atribuyó al pienso. Me aseguró que aquello no volvería a suceder porque tenían la intención de cambiar la marca de la comida de los perros y se disculpó de nuevo. ¡Y no volvió a suceder! Las heces cesaron por completo; seguramente el nuevo pienso no era disfuncional para sus intestinos, pero desgraciadamente sí para sus vejigas, pues a partir de aquel día y durante algunos meses unos charquitos de color «amarillo ictericia» terminaron de asesinar definitivamente mi felpudo oriental, y supongo que algunos más.
Recuerdo que era enero porque a la vieja que reside en la puerta 3 siempre le dan embolias en enero. Acababa de comprarme un nuevo felpudo fabricado con acero galvanizado cuando se me ocurrió una idea magistral para terminar con mis vecinos y sus váteres ambulantes. Evacuol es el nombre de un laxante líquido compuesto por Picosulfato de sodio y unos cuantos excipientes sin importancia. Con 12 gotas, defeca hasta el ser más estreñido del planeta. Con 20 gotas la víctima es capaz de evacuar hasta los intestinos.
Un día en que toda la tropa había salido para asistir a un simposio sobre educación y buenas maneras, me deslicé cual Spiderman por la fachada y me colé en su hogar. Lo llamo hogar porque en estos momento no se me ocurre otra palabra. El suelo estaba cubierto de mierdas y orines, los sofás estaban cubiertos de suelo y las paredes repletas de trozos de sofá. Las camas parecían cualquier cosa menos camas y la cocina era indistinguible de la taza del váter. Con asco y sirviéndome de los faldones de mi camisa, abrí la nevera, que estaba casi vacía y tan sucia que hacía indistinguible el color blanco que alguna vez fue dominante, y saqué una botella de coca cola… El resto es fácilmente deducible: vertí 200 gotas del purgante y volví a poner la botella en su sitio. Estuve tentado de hacer lo mismo en los bebederos de los perros pero, como siempre he pensado que los verdaderos culpables son los dueños, me contuve; eché una meada encima de lo que una vez fue una mesa camilla y me largué.
No voy a detallar lo que sucedió a continuación, ni los meses que algunos de esos malnacidos tuvieron que pasar en el hospital excretando lo inexcretable. El caso es que el piso quedó vacío y yo volví a sentirme tranquilo. Podría contarte algunos sucesos semejantes pero en este momento me dispongo a robar la maceta de Heliotropo de la señora García que está esplendorosa (la maceta, no la señora García), asi que tendrás que esperar a un futuro email.
Como casi siempre para despedirme de ti:
Un beso y un abrazo
