Email del 29 de julio 2012

Odd Nerdrum, The denture. 1983

Amiga mía:

En mi anterior libro -nunca editado- titulado «Simposios del retrete» dejé claro cuál era el fundamento de mi filosofía: llevar la contraría a cualquier ser humano, exceptuando a los subnormales. Pues bien, hoy he llegado a la conclusión de que me resulta totalmente imposible distinguir a los normales de los subnormales y a veces, incluso de un salmonete de roca. ¡Cuánto me alegro de no haber presentado mi texto a un editor! pues gracias a la clarividencia que proporciona el paso del tiempo he desarrollado mi deficiente doctrina ideológica particular elevándola a alturas ontológicas insospechadas. No te miento si te confieso que he llegado a un punto en mi existencia en que me siento orgulloso de haber nacido inteligente y repulsivo, pues mientras intento razonar no tengo que estar pendiente de las ofertas en productos de belleza masculina y ni siquiera del sexo, pues yo soy mi mejor amante y el único que no necesita una estúpida sonrisa después de haberme proporcionado goce y deleite.

Hasta hace un par de años, mi reflejo era mi peor enemigo, sobre todo cuando el sujeto que aparecía al otro lado estaba desnudo y mostraba una barriga pantagruélica y llena de pelos que haría palidecer de envidia al mismísimo John Falstaff. Ahora, seiscientos y pico días después, no hay nada que me deje más absolutamente embelesado que contemplar mis maravillosas imperfecciones mientras pienso en chimpancés desnudos. Ya no soy aquel pobre imbécil que se apenaba por haber pisado sin querer una cucaracha. Ahora bailo claqué encima de ellas y además lo bailo fatal. ¡Como debe ser! ¡No soporto a la gente que todo lo hace bien! ¡Desprecio con toda la fuerza del no-arrepentimiento taumatúrgico a esos idiotas de pelo rubio y ojos azules que triunfan en todos los aspectos de sus vidas! ¡Y odio a sus padres y a sus madres, y a sus mascotas de pura raza! ¡Viva la mediocridad imperfecta, porque de ella está hecha la verdadera anti-materia!

La existencia, tal y como la conocemos, o mejor, tal y como nos la dejan disfrutar, no es una Fête champêtre. Ni siquiera una merienda en un McDonald’s. La vida es subjetiva, pero la muerte es objetable, aunque si he de ser sincero, prefiero morir antes que olerle la axila a un árabe. Y no confundas mi frase  anterior con el racismo más repugnante, sino con la ausencia sarracena de desodorantes. Existir implica gastar dinero; no existir implica ahorrarse unos cuartos, por lo tanto, existir en forma de cadáver conlleva una equilibrio económico y, al mismo tiempo, sexual, verdaderamente dinámico, pues hasta el día de hoy las prostitutas pagan a sus chulos gracias a unas tarifas francamente desorbitadas.

Pero creo que me estoy haciendo un lío. No es la vida o la muerte lo que me interesa, sino los acrocordones y demás defectos de la epidermis. ¡Siempre quise ser dermatólogo!, aunque por efecto de mi incongruencia y sadomasoquismo cerebral no llegué a matricularme en la Universidad y preferí aprender tropezándome en las calles. ¡Y vaya si me tropecé! Desde abril del setenta y cinco hasta enero del ochenta y seis tropecé noventa y cuatro veces, una de ellas con mi propio escroto. Pero no seamos agoreros. Caerse es sensacional, sobre todo si no hay público delante. Particularmente, adoro derrumbarme, despeñarme, rodar o resbalarme en primavera, ya que es entonces cuando mi júbilo neroniano es más insolente, pero también he llegado a desprenderme de mí mismo en otras ocasiones e incluso hubo un tiempo en que consolidarme o sostenerme me provocaba alteraciones somáticas instantáneas contraproducentes, aunque especialmente fogosas y sexys.

En fin, amiga mía, pervivir es duro y no sonarse las narices cuando estás constipado, molesto. Antes de finalizar, quiero pedirte perdón de rodillas y muy, muy humildemente, por esta monstruosidad patafísica de texto y, al mismo tiempo, por haber nacido. Yo no soy el culpable. Desde este punto de no retorno en que a veces se convierte la psique, y creando cierto desasosegante Stimmung, se despide de ti un amigo, o lo que en estas fechas queda de él…

Un abrazo