Email del 31 de julio 2012

Anselm Kiefer. Sternenfall . 1995

Hola:

Lo primero que hago por las mañanas cuando me despierto es Nada, y sucede lo mismo cuando voy a acostarme. Entre estos dos hechos separados por un montón de horas desperdigadas, un sinfín de nadas absolutas comparten el paso del tiempo conmigo. Algunas veces, si viene alguien a verme, por ejemplo, intento que la Nada que corresponde a ese determinado momento se convierta en Algo para tratar así de que el sujeto de género indeterminado que ha osado inmiscuirse en mis incompetencias se sienta un poco acompañado, pero no nos equivoquemos, ese Algo prefabricado está construido en su compleja totalidad por insuficiencia alterada y restricciones clónicas e invariables. No puedo dar a otros más de lo que me doy a mí. Y todo lo que yo, en mi incondicional magnificencia, me doy a mí mismo no tiene otro sentido que hacer que la insignificancia de mi generosidad se complemente con mi reconfortante carencia de principios.

Principalmente, no hago nada porque si hiciera todo, o simplemente un poco más, sentiría que estoy engañando a la mayor parte de mi mismo. ¿Para qué sirve hacer si más tarde o más temprano hay que deshacer? ¿Por qué estúpida razón debería seguir uno o varios recorridos circunstanciales, si al final, inexorablemente, llegaría el momento de equivocarme? No se puede originar si antes no se ha concluido; de igual forma, no se puede construir si no está todo completamente destruido. Lo contrario a estas dos afirmaciones es una distorsión demente de unos actos demostrados. Sin embargo el vulgo construye, origina, cimenta y fabrica totalidades sin importarles la saturación ni el paso del tiempo, y así, repletos de ese enfermizo afán obstructor, sus Nadas y sus Algos se decostruyen y desobstruyen, mientras el principio determinante arremete con voracidad contra la imperfecta fragilidad de sus instintos patológicos, injustificados, absurdos, arbitrarios.

Cuando muero, y eso sucede un mínimo de doce veces en una jornada, es el preciso momento en que me encuentro superior, aunque también podría definirlo como vivo. Es decir, cuando estoy muerto es el instante en que realmente me siento vivo, porque en ese minuto bienaventurado no me importa nada de lo que otros digan, hagan o sientan. No me importan ni sus ayeres ni sus ahoras, ni siquiera sus exiguas posibilidades de supervivencia. Cuando estoy muerto no tienen sentido las afirmaciones ni los asentimientos, solo la negación y el disentido. Cuando no existo mi piel macilenta pierde la capacidad para sentir; cuando no existo ese gran músculo cónico que domina y altera las emociones se comprime e implosiona. Las cuencas vacías de lo que en otra época fueron unos ojos marrones de mirada impenetrable ahora solo sirven de piscina improvisada a la fauna cadavérica. La autolisis ha fermentado los tejidos; la descomposición forma parte del nuevo amanecer…

Un abrazo.