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| Odilon Redon, El acusado,1887 |
Hola:
Me siento como Agilulfo Emo Bertrandino de los Guildivernos y de los otros de Corbentraz y Sura, el caballero inexistente de Italo Calvino; la única diferencia entre ambos radica en que él es un personaje de ficción, con la única identidad de su nombre y el único cuerpo del metal de su armadura y yo soy de carne y hueso, o por lo menos eso creen mis enemigos, mis acreedores. Mientras trato de justificar el tiempo, el silencio que convive a mi lado tras las paredes de la mazmorra se eterniza y transforma las manecillas del reloj en puntos de sutura. Me gustaría encontrar esa llave de hierro forjado que abriese las puertas de esta celda húmeda y mohosa, pero al mismo tiempo tengo miedo de lo que pudiera encontrar fuera. Mientras trato de tomar una decisión me entretengo poniendo nombre a las ratas que me hacen compañía.
Ahora, en estos mismos instantes, oigo las risas vacías de los condenados que habitan en las celdas contiguas, y a veces me estremezco cuando el látigo del verdugo hace crujir sus pieles con ese sonido característico que emite la sangre escapando a borbotones de las venas. Ni siquiera el débil resplandor que entra por el tragaluz me reconforta. Contemplo extasiado la inutilidad de mis actos: no sirve de nada destilar la esencia, no me ayudará demasiado simular el éxtasis; ni siquiera los verdaderos recuerdos conservan ya su pureza. Pero no me importa demasiado, pues las ratas que me mordisquean los harapos son inmortales.
Por las noches escribo mis pecados sobre las paredes con un guijarro. Son tan numerosos que pronto tendré que dictárselos a gritos a mis vecinos de condena; por supuesto cuando no estén ocupados riendo como posesos tras una sesión de flagelo. Daría todo lo que poseo, es decir, mis ratas y andrajos por una daga roma y resistente con la que poder acuchillar cada uno de mis impulsos conscientes de libertad. Afortunadamente, acechando tras los muros se encuentra el tocón sobre el que algún día descansaré la cabeza…
Un beso.
