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| Christian Edler, Delusion, 2012 |
Hola:
Aprovechando el dolor y la desazón que proporciona la lumbalgia, he estado escribiendo un cuento al que he titulado «Rigor mortis» y del que me siento bastante satisfecho. Te copio un párrafo escogido al azar para que comprendas hasta dónde puede llegar la inutilidad de mis razonamientos más imperfectos:
«Escucho murmullos, lamentos y alguna oración, pero no puedo ver lo que sucede. Quizá es lo mejor que me puede haber pasado. Se ha terminado para siempre el tiempo de las conversaciones estériles y de las autojustificaciones. Ahora ya no dependo más que de la oscuridad que me envuelve. Ese incesante montón de aquí y ahoras que entumecía mis necesidades más primarias ha producido un cambio químico en mis músculos. Soy parte de la Nada y no pertenezco a ningún lugar. Soy libre. Soy libre. Ya no necesito fingir para descubrir el significado.»
Aunque no puedas comprender para qué puede servir escribir sobre la muerte, estarás de acuerdo conmigo en que por lo menos es más difícil que garabatear algunas frases incoherentes sobre la vida. Tú vives, yo vivo, pero no somos más que espectros que deambulan por un escenario abarrotado de mediocridad y envidias. Intentamos no lamentarnos por ello, pero mientras malgastamos el tiempo convenciéndonos de que existen un sinfín de motivos, nuestras estelas van degenerando. Avanzamos en retirada, miramos hacia atrás mientras con las manos apretamos con fuerza cada segundo. Nuestras necesidades de amar y ser amados sufren emboscadas constantes a mano de un enemigo mortífero que rehace cada página jugándosela a los dados. Ni siquiera somos capaces de seguir el rastro de las huellas de los sonámbulos que mucho antes que nosotros se rindieron subyugados por la anestésica sensación de inutilidad prematura, fragmentada, contagiosa y meramente circunstancial.
Si te paras a pensarlo: nada existe; danzamos entre las tinieblas de la apariencia con pasos de baile que desconocemos. Nada existe, ni siquiera estas líneas. Todo es producto del aborrecimiento y deslealtad con que hemos sido premiados. Somos humanos, respiramos, nos emocionamos, pero también somos capaces de adorar al puñal que marca las distancias y nos hace diferentes. ¡Cómo me gustaría tener la resistencia de un liquen!
Un abrazo.
