Email del 19 de diciembre 2012

Fernando Botero, Feliz cumpleaños. 1971

Querida:

La gente suele celebrar sus cumpleaños con regalos, alegría y unas pequeñísimas dosis de resignación; yo por el contrario los festejo dándome cabezazos contra las paredes, aunque este año he decidido contratar unas plañideras para que sollocen mientras trato de evitar por todos los medios que me feliciten. Lo primero que voy a hacer va a ser dinamitar los teléfonos y el ordenador y más tarde, si me encuentro en condiciones, agregarme al coro de cantoras de pena por haber sido tan tonto como para haber convertido este aniversario en un día diferente. ¿Diferente? ¿Acaso el teléfono y el ordenador tenían culpa de algo?

En una época pasada de mi vida, en la que cada mañana tenía que luchar contra el acné frente al espejo, armado de un exfoliante con seis tiros en la recámara y varios litros de antibióticos y bactericidas de largo alcance, no perdía ni un minuto de mi tiempo pensando en el verdadero significado de hacerse más viejo, y que encima, unos desgraciados repelentes te lo recuerden justo el día en que solemnizas la llegada al Universo. Lo único que me importaba entonces era no desviarme demasiado de mi papel, el de chico malo con cara de Bull terrier. Todos mis amigos de entonces, que eran muchos, se dividían en dos grupos: el de los sanos y el de los vividores. Los miembros de los sanos hacían deporte, se cepillaban los dientes y no decían palabrotas; los vividores se drogaban, se emborrachaban, escupían a los pájaros y se vestían como andrajosos. Yo pertenecía al segundo grupo. ¿Y sabes una cosa? Todos, absolutamente todos los chicos buenos han muerto, sin embargo, todavía quedamos algunos de los malos. Con esto no estoy queriendo decir que llevar una vida sana sea contraproducente para vivir más años, aunque a veces, sinceramente, lo pienso.

Desde hace un par de décadas, puede que un poco más, formo parte de la comunidad sana. Cada mañana me tomo un millón de pastillas y pociones para adecentar mi salud, ya no me drogo ni cojo cogorzas y mis palabras salen perfumadas de mi boca; no escupo a los pájaros, sino que ahora dejo que ellos me defequen en la calva a mí y visto con ropa de marca o de rastrillo barato, pero absolutamente limpia y sin ningún descosido o rotura. Sigo sintiendo asco y pena por los imbéciles que se venden a la sociedad, pero al mismo tiempo me considero una ramera sifilítica de la misma; sin futuro, sin fuerzas, sin ilusión. ¿Y encima tengo que dejar que me agasajen el puto día que me recuerda que malvivo en un estúpido mundo repleto de hijos de puta sin dignidad ni conciencia? ¡Deja que me ría!

Si de repente surgiera de la nada un espectro asesino que decapitara a todos los cenutrios de este magullado planeta, posiblemente la población humana se reduciría a menos de la mitad; ¿pero crees que esa solución duraría mucho tiempo? Más tarde o más temprano una gran parte de la población se vendería y se escabulliría de sus compromisos como seres racionales, y ese arcángel, ese serafín exterminador, tendría que repetir su siniestra visita. Quizá, hasta que sólo subsistiera un ser, que invariablemente debería ser mujer y que se llamaría, cómo no, Lilith.

Si, ya sé que aún queda casi un mes para mi martirio en forma de cumple, pero… ¡deja que desvaríe, caray! ¡Es lo único que puedo hacer sin que me cueste dinero! Al mismo tiempo, estoy en condiciones de prometerte que no volveré a quejarme de nada durante 24 horas, y que a partir del uno de enero intentaré pensar en positivo, aunque para ello deba someterme a varias lobotomías consecutivas.

Un abrazo.