![]() |
| Katsushika Hokusai, Faisán y serpiente.1833 |
Querida:
Últimamente pienso mucho en la muerte. Bueno, la verdad es que siempre he pensado en ella -tú lo sabes- aunque sin dejar que me afectara demasiado, simplemente por el placer de sentir que todavía existe una escapatoria a todo este embrollo, y que la existencia tal y como la conocemos, afortunadamente no es eterna. Hace bastantes años estuve muerto durante varios minutos y desde entonces no ha pasado ni un sólo día en que no recuerde la sensación placentera que experimenté durante ese breve espacio de tiempo. Mientras los médicos trataban por todos los medios de devolver a la vida mi cuerpo y mi cerebro, estos rehuían espantados un posible regreso. Es obvio que al final decidí seguir existiendo, aunque a menudo me pregunto si valió la pena, pues desde entonces no ha sucedido nada interesante que me rescate del aletargamiento emocional y he tenido que seguir soportando la misma y repetida mierda jornada tras jornada. Está claro que en este periodo de tiempo he intentado -y en algunos casos he conseguido- hacer cosas de las que me siento algo satisfecho, como poner un límite a la interactuación con homínidos bípedos y racionales e inmiscuirme totalmente en el mundo de los animales y vegetales.
Quizá debería dar las gracias a la Echis coloratus que me mordió y que casi estuvo a punto de acabar conmigo. Primero por haberse rebajado a emponzoñar a un miserable humanito como yo, y segundo por enseñarme la lección más significativa de cuantas he recibido en mis cerca de 51 años de vida: nada importa demasiado. Es probable que de no ser por ella y su afilada dentición solenoglifa, yo sería como uno de esos millones de imbéciles que proliferan y se multiplican por las calles del planeta, sin ninguna obligación más trascendental y representativa que sentirse vivos de la manera más despreciable posible, es decir, creyéndose únicos, perfectos e irrepetibles.
Podría cambiar el chip y pensar en la vida, repleta de luz y de oscuridad a partes iguales, con el mismo número de idiotas y lúcidos repartidos por cada continente. Pero no sería justo con la ciencia matemática, ni siquiera con la biológica. Tanto tú como yo sabemos que por cada persona sensata e inteligente hay 50 imprudentes y estúpidos que prefieren que la involución siga su curso. Y aunque mi mantra siempre ha sido y será «vive y deja vivir», no puedo dejar de lado las ganas de romperlo en pedazos cuando contemplo hasta qué grado de indignidad ha llegado la especie humana. No contenta con dejarse engatusar por gurús y religiones – aunque deberíamos llamarlas sectas- ha conseguido en menos de cinco milenios llegar a un punto en el que sólo importa lo que escondes en el bolsillo, y si tiene forma de papel moneda, mejor que mejor. Hemos pasado de levantar pirámides a deconstruir emociones, glorificando la insensatez y la irrelevancia hasta cotas imprudentes e inimaginables.
Si quieres que te sea sincero, me da igual estar vivo o muerto. En mi caso la diferencia entre ambos estados es mínimamente apreciable. Estoy vivo por que envejezco intentando comprender, pero al mismo tiempo estoy muerto porque me importa un carajo el presente, reniego de parte de mi pasado y el futuro me produce auténtico terror.
Un abrazo fuerte.
