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| Bansky |
Querida:
En todos estos días que llevo sin escribirte he hecho un montón de cosas: he comido caramelos sin azúcar, me he empachado, he robado una gamuza a un representante de gamuzas, ya sabes, de esas que recogen todas las partículas de polvo gracias a las microfibras cargadas electroestáticamente y después te cantan «Bombón asesino» de King África en sol mayor, y hasta me he metido en una peluquería y les he vacilado ordenándoles que me lavaran el pelo con un champú anticaída. Pero la que me ha dejado más satisfecho, o realizado, o como diantres quieras llamar al pseudo-orgasmo que se experimenta cuando se aprende algo, ha sido releer un puñado de hojas de la Biblia a voleo, y volver a comprobar la cantidad de historias e ideas demenciales que relata. Tú y yo sabemos que las religiones sólo sirven para emponzoñar los cerebros de los ilusos que caen bajo sus abyectas redes, pero entre todas las religiones, hay una, la católica, que me hace descojonarme más que el resto. Quizá sea porque la tengo más cerca, y con eso no quiero decir que mi vecino sea un ferviente devoto, pues el sólo cree en la botella de tequila barata y sus misterios insondables. Esta secta y sus innumerables desviaciones no sólo se dedica a encumbrar a los buenos y guapos de la historia (su historia prefabricada a conveniencia), sino que van más lejos, mucho más lejos de lo que su desfachatez e insolencia dejaría entrever: reivindican a ese fantoche traidor llamado Judas Iscariote y santifican a Poncio Pilatos, por ponerte unos pocos ejemplos. Estoy seguro de que si en aquella época hubiera existido un personaje llamado Rubrunculaoumzumzum, que hubiera estado cerca de Jesús cuando este escupía a las ratas en el desierto, ahora tendría varias escisiones cristianas que lo alabarían. Incluso se harían llamar «los Rubrunculaoumzumzumneos» y todos los primeros miércoles de cada mes sacrificarían un cordero o una lesbiana -lo que encontraran primero- a su Salvador omnipotente.
Naturalmente, no sólo he perdido el tiempo comiendo golosinas y leyendo sandeces religiosas, también me he dedicado a intentar hacer levitar a uno de mis zapatos con el poder de la mente; desgraciadamente la tentativa ha resultado fallida y lo único que he conseguido es que estalle. ¡No sabes lo que me ha costado recoger la plantilla absorbente de la parte alta del armario ropero! , pero por lo menos he aprendido una lección que no tiene precio: ¡jamás intentes concentrarte en algo mientras te rascas el espinazo con un rascaespaldas!
Hoy es lunes, y como casi todos los lunes voy a meditar seriamente sobre los martes, que es el día que utilizo para olvidarme de que existen los aburridos domingos. Posiblemente me acueste a la misma hora que algunos «machotes» dedican a pegar a sus mujeres mientras estas piensan en ranas que se convierten en príncipes o sapos que se transforman en reality shows. Nada tiene sentido en esta función. Intentar escabullirse antes del tercer y postrero acto es una especie de rebelión condenada al fracaso. Hemos sido concebidos para aplaudir, aunque no nos haya gustado la representación. Por esa razón, cuando salga del teatro en que hemos convertido nuestras monótonas vidas pienso pedir que me devuelvan el dinero. Te doy mi palabra de honor.
Un beso.
