Email del 8 de enero 2013

Glenn Brown, You Never Touch My Skin in the Way You Did and You’ve Even Changed the Way You Kiss Me.1994

Querida:

En un severo ataque de falsa infatuación he decidido creerme insoportable, y para llevar a término mi alarmante vacuidad interior, no se me ocurre otra cosa que repartir caricias a la sombra que dibuja mi figura cuando el sol se desliza por la ventana. Aletargado por completo por la indisimulada falta de escrúpulos, y sobre todo, por el maniqueísmo indecente que se atrinchera en mi forma de entender el comportamiento social como un arte en sí mismo, ya no me queda otro remedio que encerrarme en una ergástula de vidrio incoloro y trasparente, manufacturada con residuos tóxicos, carbonato de sodio y arena de sílice, de la que no pienso escapar jamás. Poco importa que las sonrisas prostituidas que acechan en el exterior legitimen mis continuos errores. Me es indiferente que tras esas máscaras se encuentren formas de vida inteligente. Ya no puedo soportar este continuo fluir de banalidades que no me aportan demasiado, por no decir nada. No existo. No existo. No existo.

En un decisivo ataque de falsa modestia he decidido creerme sexualmente inolvidable, y para llevar a término la desconcertante sicalipsis que explota en mi interior, no se me ocurre otra cosa que hacerme actor gerontofilico-porno especializado en calentar ancianas en tacatacs o postradas definitivamente en la cama. Asqueado casi por completo por la dificultad para comerciar con mis fluidos, y sobre todo, por el precio  indecente y lascivo de estos en el mercado cárnico actual que presupone lo que es de buena o mala calidad, me resigno a que me proporcionen unos buenos dividendos con los que mantener mi adicción a los dulces y al azúcar. Poco importa que los cuerpos desnudos, perfectos y recubiertos de aceite de romero se aparezcan como fantasmas en mis sueños. Me resulta indiferente saber hasta dónde puedo llegar. Ya no puedo aguantar contemplar delante de mí todos esos traseros moviéndose como peonzas cuando camino por la calle. Quiero morderlos todos. Quiero morderlos todos. Quiero morderlos todos.

En un severo ataque de enajenación mental he decidido creerme un salmonete, y para llevar a término esa locura que me corrompe, no se me ocurre otra cosa que introducir la cabeza en un recipiente de plástico bastante similar a un cubo de fregar el suelo relleno de agua y sal a partes iguales. Asfixiado por la demencial cantidad de sal, y sobre todo, por la concentración de yodo de esta última, ha llegado un momento en que no he podido soportarlo y he tenido que sacar la cabeza y respirar del aire viciado que entra por la ventana, repleto de partículas humanas y aroma de fajas de mercadillo. Me importa bien poco en estos instantes volver a ser persona en lugar de pescadito. Me resulta totalmente indiferente saber que estoy condenado a ser el mismo toda mi vida. Ya no puedo soportar este incesante dolor de cabeza que me trastorna por completo. Voy a volver a matar. Voy a volver a matar. Voy a volver a matar.

Como verás, son tres versiones sobre un mismo tema: la incapacidad para escribir algo decente y con valor real. Las tres versiones son tan falsas como mis ganas de enfrentarme con el destino; de todas formas, elige una y olvida las otras dos; o no elijas ninguna y escribe tú misma la que creas que podría ser la verdadera y la definitiva; o envía este email a la papelera o transfórmalo en spam, pero sal inmediatamente de casa con destino al centro de la ciudad y … ¡cómprate unos botines de piel sintética!

Un saludo.