Email del 10 de enero 2013

Michael Sowa, Their master’s voice. sXXI

Hola:

Ayer por la noche, sobre las once, salí a pasear por las calles de mi barrio; hacia un frio terrible y la gente caminaba a toda velocidad, seguramente para llegar lo antes posible a sus destinos y poder desembarazarse de los abrigos, bufandas y gorros de lana. Mientras me dirigía a algún lugar indeterminado, pensando en el paso del tiempo y cómo afecta este a la manera de percibir las circunstancias, vi a un perro defecando en la acera con cara satisfecha y a su dueño de aspecto desaliñado riéndose de la gracia de su mascota de una forma bobalicona y francamente degenerada. Aunque sentí unas ganas terribles de recriminar su dejadez, y sobre todo, la forma de educar a su «amiguito» de cuatro patas y trufa negra y húmeda, decidí cruzar al otro lado de la calle y hacer como si sus mierdas y risotadas no fueran conmigo. Caminé durante lo que me pareció una eternidad, pero seguramente no serían ni veinte minutos, y me detuve frente al letrero luminoso de un bar. Me apetecía tomar algo caliente, pero al mismo tiempo no tenía ganas de pasar al interior, donde un par de borrachos sentados en una mesa cantaban alegres canciones, seguramente inventadas, mientras se daban palmaditas de satisfacción el uno al otro. Tú me conoces bastante bien y sabes hasta dónde llega mi odio por la chusma que no puede contenerse y que necesita público para sentirse vivos. Si hubiera entrado, lo más probable es que hubiera acabado echándoles una mirada furtiva repleta de odio y asco, algo que seguramente no necesitaban los pobres idiotas en esos momentos, así que en menos de cinco segundos decidí seguir con mi deambular indeciso hasta que de repente me encontré nuevamente con el imbécil de antes y su sufrido chucho que se dirigían -supuse- hacia otra acera inmaculada para dejar sus huellas efímeras. Pero me equivocaba. El tipo ató a su fábrica de heces a una señal de tráfico, entró en el bar con pasos firmes y decididos y se sentó junto a los beodos que todavía entonaban la misma cantinela desafinada. Como empezaba a quedarme helado y se hacía tarde me dirigí hacia mi casa recorriendo el mismo trayecto a la inversa, hasta que noté cómo mi pié izquierdo resbalaba sobre algo que tenía el aspecto de una mierda canina, la misma que media hora antes había visto fabricar y depositar sobre los ladrillos de la acera. De repente me entraron unos deseos inhumanos de cogerla con un papel, regresar al bareto y estampársela al subnormal asocial en la cara, pero me contuve tragando bilis y escupiendo saliva sobre mi zapato para limpiarlo.

Hacía meses que no paseaba a esas horas, supongo que desde el verano, pero te puedo asegurar que no pienso volver a hacerlo hasta que el último cenutrio de la tierra sucumba bajo el peso de su propia estupidez.

Un beso.